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mayo 14, 2009

Punto y seguido

Cualquiera que haya seguido mínimamente la génesis y el desarrollo de C's desde las fechas del Primer Manifiesto, y lo haya hecho sin prejuicios, tiene derecho a sentirse confundido, por decirlo con suavidad, ante el viraje decretado por la dirección con motivo de las próximas elecciones europeas. Como es sabido, tras agotar definitivamente los intentos de entendimiento con la otra gran fuerza progresista y no nacionalista española, UPyD, la dirección de C's ha optado por dar media vuelta y embarcar al partido en una extravagante coalición electoral cuyos socios desmontan con metódica parsimonia todas y cada una de las bases sobre los que se ha construido la alternativa política de C’s desde 2005.

Una coalición electoral es un objeto político delicado. Por un lado, hermana a fuerzas políticas que se reconocen como distintas; por otro, obliga a los votantes a no distinguir entre ellas a la hora de escoger a sus representantes. Existen diferencias, se viene a decir, pero tan irrelevantes que sería redundante presentarse por separado. Detrás de una coalición electoral, por tanto, hay siempre una comunión de prioridades, una mirada común sobre los diagnósticos y una muy amplia afinidad en los proyectos políticos, que son, al final, los que se someten al examen de las urnas.


No es de extrañar, por ello, el malestar en el seno de C’s ante los compañeros de viaje que se han ido añadiendo a la travesía europea. Ya la inclusión en la coalición de la formación leonesista Unión del Pueblo Salmantino desencadenó en su momento un tenso debate por la incompatibilidad del leonesismo, como ideología identitaria, con los valores y los ejes de la acción política de C's. La verdadera fractura, sin embargo, vino con la sorpresiva adhesión de C’s a la candidatura “pan-europea” de Libertas, la plataforma euroescéptica del multimillonario irlandés Declan Ganley. Tanto por la forma (la coalición se presentó en público antes de que el Consejo General pudiera siquiera valorarla, y cuando lo hizo, se limitó a validar el hecho consumado tras un exhaustivo debate de… ¡16 minutos!) como por el fondo, esta alianza supone un atropello sin precedentes y una completa desfiguración, rayana en la inversión, del proyecto de C's.

En efecto, para un partido que siempre se ha definido como sinceramente europeísta y comprometido con el proceso de construcción de la UE, la alianza con Libertas es un contrasentido. Libertas surgió en 2005 para evitar que Irlanda ratificara la Constitución Europea, y el éxito en el empeño animó a su creador a lanzarla a escala continental. Así lo ha hecho para estas elecciones europeas, reconvirtiéndola de hecho en una suerte de Internacional de la reacción antieuropea cuyo ideario explícito se reduce a una combinación de populismo, oportunismo y demagogia anti-Bruselas que resulta realmente indigesta cuando se aparta la hojarasca vacía. Una hojarasca entre la cual resultan especialmente cínicas las protestas de europeísmo de los portavoces de Libertas; así como los intentos de disfrazar su patrioterismo y su fobia a la construcción federal de la UE con vagas apelaciones a valores tan nobles como “democracia”, “transparencia” o “rendición de cuentas”. Nobles y cada vez más urgentes, pero sin ninguna credibilidad en boca de los señores “No” de la construcción europea.

Y es que todo lo que el discurso oficial de Libertas pueda tener de calculadamente ambiguo, constructivo, moderno o pro-europeo se disuelve como un azucarillo cuando se examina la naturaleza, perfectamente reconocible, de los partidos reconvertidos en terminales nacionales de Libertas. Hay que recordar que Libertas se presenta como “el primer partido pan-europeo”: en ese ámbito habrá que valorarlo. Y dentro de esta candidatura pan-europea en la que la dirección de C’s ha embarcado al partido, se encuentran formaciones como la polaca Liga de las Familias, antisemita, homófoba y tachada de integrista por el propio Vaticano, el tradicionalista Movimiento por Francia (MPF), colindante con la extrema derecha y acusado de xenofobia, o “La Destra” (La Derecha) italiana, escisión (más) radical de la Alianza Nacional posfascista. Estas tres formaciones son las únicas afiliadas a Libertas que ya están presentes en la Eurocámara: las dos primeras se adscriben al grupo parlamentario “Independencia / Democracia” y la tercera se integra en la “Unión por la Europa de las Naciones”, igualmente soberanista. ¿Europeísmo? La coalición en la que se ha adherido C’s no es sólo populista y alérgica a cualquier ambición europeísta, sino que sirve de cobijo a las ideologías más reaccionarias, premodernas e intransigentes de Europa.

¿Qué hace un partido laico como C’s junto a partidos confesionales, puritanos e integristas religiosos? ¿Qué comparte un partido no nacionalista como C’s, con fuerzas que basan su discurso en el miedo al extranjero y la exaltación de la identidad excluyente? ¿Qué tiene en común C’s, que se ha definido como un proyecto heredero del socialismo democrático y el liberalismo progresista, con una amalgama de grupos tan antiliberales como antisocialistas? ¿Qué afinidad ideológica, programática, política, justifica que la permanencia en una coalición cuyos miembros representan todo lo que C’s combate?

C’s surgió como una propuesta política de progreso basada en la ciudadanía, que reivindicaba el legado de las revoluciones liberales, sociales y democráticas del siglo XIX. Era un proyecto preocupado por las personas, sus derechos y libertades; que apelaba a la razón y no al sentimiento o al miedo; comprometido con la modernidad y no con la nostalgia de ningún pasado idealizado. Un proyecto que quería ensayar otra forma de hacer política, que dejara atrás la demagogia y el populismo de bajos vuelos. Y su acción política, hasta ahora, había sido coherente con esas posiciones: en las instituciones, las movilizaciones, las grandes decisiones, lo hecho ha estado siempre en línea con lo dicho.

Hasta ahora. Porque la política de alianzas supone, también, un poderoso elemento de definición e identificación: en política, saber con quién se anda es una buena forma de acercarse a lo que se es. Y la coalición europea con partidos situados en la extrema derecha anti-UE desanda ostentosamente la trayectoria política que ha seguido C’s desde su fundación, la niega, la humilla. Por la vía de los hechos, la participación de C’s en la candidatura de Libertas-Intereconomía en España supone una mutación radical de proyecto político que sólo puede sobrevivir a costa de sacrificar cualquier atisbo de coherencia, moviéndose bien hacia el oportunismo más frívolo, bien hacia un populismo reaccionario e indeseable.

Por supuesto, la dirección de partido niega este extremo, y sostiene que el proyecto político de C's permanece y va a permanecer inalterado, reconociendo que nuestros nuevos compañeros de viaje se encuentran “en nuestras antípodas”. Pero, estando en nuestras antípodas en lo social, en lo político, en lo económico, en lo europeo, ¿qué sentido tiene entonces una coalición con ellos? Se aduce entonces que la coalición es con Libertas, y no con las formaciones con las que Libertas se haya asociado en cada país. Pero, ¿qué es Libertas sino la agregación de todas esas formaciones, de todos esos discursos? Sutilezas aparte, el intento de lavarse las manos de lo que diga, lo que haga y lo que sea nuestra coalición en otros países no es de recibo cuando se está pregonando a los cuatro vientos la supuesta vocación de “primera candidatura pan-europea” de Libertas, y no casa tampoco con el más elemental sentido de europeísmo, que pasa por no considerar ajeno nada de lo que pase en Europa. En cambio, encaja perfectamente con la eurofobia que demuestra la trayectoria política, más allá de discursos vacíos y brindis al sol, de Libertas y sus terminales. Lo cual nos devuelve al principio...

En realidad, dejando de lado consideraciones, por así decir, estrictamente prosaicas, logísticas y pecuniarias, no se ha puesto sobre la mesa ningún argumento propiamente político a favor de una coalición tan extemporánea como ésta. Quizá porque no los hay, o quizá porque los hay pero no son defendibles. En este contexto, no puede sorprender la gravedad de la crisis abierta en C's. Con un apoyo a la coalición de menos del 52% de los miembros del CG y la mayor ruptura interna desde el II Congreso, la dirección ha llevado a C's a una fractura orgánica y un descrédito social y político que parece irreversible, independientemente de los resultados electorales. En lo que a mí respecta, observo con estupor y tristeza cómo, sin habeme movido de los valores y convicciones que me hicieron participar en la fundación de C's y en la definición de su proyecto político, la actual dirección se sitúa de repente en trincheras y en compañías que ni comparto ni puedo dejar de combatir políticamente, como socialista, como no nacionalista, como ciudadano laico y, desde luego, como europeísta. El compromiso con las ideas que me llevaron a C’s me obliga, ahora, a desmarcarme de una deriva en la que no me reconozco.

Hace cuatro años, un grupo de intelectuales puso la primera piedra de una iniciativa cívica y después política que ha resultado histórica para Cataluña y para toda España, tanto por su desarrollo directo como por la amplitud de sus ecos en otros ámbitos. Confluimos entonces en C’s ciudadanos preocupados por la calidad de nuestro sistema institucional y democrático, atraídos por la promesa de ciudadanía, hartos de la asfixiante hegemonía nacionalista e identitaria en regiones como Cataluña o el País Vasco, indignados ante la traición de la izquierda oficial y su complicidad con proyectos identitarios, excluyentes y profundamente reaccionarios. Al margen del rumbo actual del partido, estos años han descubierto la potencia del impulso político que lo sostuvo: los éxitos y avances conseguidos evidencian que no sólo era deseable, sino también posible y sólido. La ilusión y las esperanzas que consiguió movilizar en la ciudadanía muestran hasta qué punto era y sigue siendo necesario. Ellas, y la magnitud de los retos por afrontar son suficientes razones para sobreponerse a las dificultades, más allá de las siglas, y seguir construyendo un futuro por escribir.

Juan Antonio Cordero Fuertes

octubre 26, 2008

La Cataluña trasparente

Lo he oído en más de una ocasión. Las argumentaciones de uno suenan en el otro como imposibles. Viene al caso sobre la comparecencia en el Parlament del diputado de Ciutadans (para unos siempre Grupo Mixto aunque esté formado en su totalidad de personas de Ciutadans) Antonio Robles, ante el conseller de Educació, Ernest Maragall. El ex profesor de instituto hasta hace muy poco intentaba explicarle al siempre político la realidad según sus ojos, que pueden no ser los mismos que los del conseller.

Ante el resumen presentado por Robles sobre las aulas de acogida, Maragall le respondía con la típica cara de asombro de los que no quieren ver más allá de sus ojos. Decía el Honorable conseller que el país que Robles explicaba no era el suyo. Trillo aquí diría «manda huevos», pero como se trata de una grosería mejor la omitimos y reflexionamos sobre la cuestión.


Para hacerlo me acojo a las mismas palabras de Antonio Robles que fueron sabias, llenas de pedagogía, cierto cinismo y templanza.El diputado de Ciutadans le vino a decir que él entendía su sorpresa, era consciente de todo el mensaje del socialista y de cómo lo argumentaba. «El problema, señor Maragall, es que usted no entiende que yo exista». O lo que es lo mismo: no es computable (la informática es sabia) un individuo como Robles. No es asumible. Se explica diciendo que, por ejemplo, un diputado que esté por dar libros en castellano en estas aulas a niños ecuatorianos, aunque de esta forma vayan a encontrar mayor acogida en el país que, al principio, les es extraño, suena muy mal.

Dicho esto, la respuesta es la de siempre: «¿Es que ustedes siempre están con la obsesión de la lengua?». Es cierto. Le deberíamos dar la razón al señor Maragall. Por eso, últimamente me pregunto cómo se lucha contra una obsesión. En este caso no me refiero a la del señor Robles, sino a la de los muchos señores Maragall que redactan unos protocolos para los profesores que trabajan en las aulas de acogida donde el catalán es más importante que la limpieza de los lavabos o que las calorías de las comidas sean sanas.

¿Cómo se actúa desde el bilingüismo para buscar razones frente a las evidentes obsesiones por la lengua? Los diputados nacionalistas y del tripartito decidieron con la llegada de Ciutadans evidenciar que la obsesión de la lengua estaba en la cabeza de éstos. La reflexión es ¿cómo debe ser llamado el padre que se ofusca con los malos resultados de las notas de su hijo e insiste para que mejore?, o ¿cómo debe ser tratado el que se obceca porque su compañero de trabajo, por ejemplo, deje de fumar?

No estoy comparando situaciones negativas de nuestra sociedad con enfermedades crónicas, aunque es evidente que la inmersión o las sanciones lingüísticas son ejemplos negativos de nuestra sociedad, pero son en estas situaciones donde se refleja de forma clara el método de luchar contra una obsesión y como éste puede ser percibido como otra obsesión más, en este caso positiva.

Ernest Maragall acusa a Antonio Robles de siempre hacer el mismo discurso. Claro. Es la respuesta a otro discurso idéntico. La diferencia es que Robles entiende el rechazo o la ignominia que le produce su persona a Maragall y el conseller ni se la ha planteado.Esa es la diferencia.

Decir que Robles no conoce la escuela es como decir que el conseller Maragall se olvidó de la poesía de su abuelo. El diputado, antes de pisar la moqueta frondosa del Parlament hace dos años, vivía entre pupitres. El conocimiento del de Ciutadans sobre la escuela debe pesar en la política catalana como una fuente de información de primera línea.

Pero, seamos concretos. A lo que el diputado se refería en su crítica a «las guías de acogida lingüística» era justamente que se acogía al inmigrante en la lengua -catalana, por supuesto-, pero no en la cultura, la sociedad, las normas cívicas, el trabajo o hasta en la relación con los vecinos. Esas mismas instrucciones de acogimiento dejan claro que «hay que velar para que el catalán sea en el centro escolar la lengua vehicular en la familia y en el alumnado». Pero la lectura en voz alta de esa guía siguió en el Parlament y dirigida al conseller con la siguiente perla: «Es conveniente mantener el catalán y, si la compresión es difícil, utilizar imágenes, gestos, hablar con frases cortas y simples.Nuestra actitud es la de ser fieles al catalán».

Imaginen si el niño en cuestión es ecuatoriano o peruano. Interpretar los gestos con lo fácil que sería hablar en castellano, que en realidad -y nunca debe perderse de vista- su utilidad es sólo una herramienta de entendimiento entre personas.

Con posturas así es difícil no obsesionarse. Me recuerda la fábula del Rey desnudo. Mientras que toda la sociedad pacte que aquel individuo está en porretas no hay problema. Las dificultades comenzarán cuando alguien de la supuesta tribu (en sentido metafórico) decida denunciar al Rey la mentira. ¿Cómo creemos que actuará el pobre loco cuando intente explicar la desnudez real ante las críticas de sus conciudadanos?

Lo hemos explicado en muchas ocasiones. Cataluña es un país excesivamente poliédrico, donde nada es como parece, aunque se acerca a la realidad. Con ello no quiero decir nada, sólo que hay que esperar que cada día sean más los que vean al Rey en pelotas.

Álex Sàlmon

» Artículo publicado en El Mundo, edición Cataluña
» Ver intervenciones de los diputados de C's en el blog Ciutadans al Parlament

octubre 16, 2008

Siempre negativa, nunca positiva


A mediados del pasado año, en la revista Esprit, un especialista en el tema comentaba que "las personas que hoy se identifican como religiosas son menos creyentes que antes y los sin religión son menos ateos que antaño". Es muy probable que este diagnóstico sea globalmente certero, aunque a mí -por deformación ideológica, sin duda- lo que más me llama la atención sea su segunda parte. En efecto, ya no quedan ateos como los de antes o "increyentes", como se denomina a sí mismo Francisco Fernández Buey en un curioso artículo escrito junto al teólogo González Faus (¿Dios en Barajas?, EL PAÍS, 11-IX-08). En esa pieza escatológica se lamenta que los ideales ilustrados hayan desembocado en el relativismo posmoderno, dictamen papal ya conocido, y se recuerda que antaño, cuando se suponía que la muerte era paso a una vida mejor, accidentes trágicos como el de Spanair en Barajas causaban menos desolación. Supongo que por eso aún sigue siendo recomendable persignarse cuando el avión comienza a correr por la pista de despegue: por si fallan los alerones y hay que alcanzar el cielo por vía estrictamente sobrenatural...


Entre los nuevos increyentes (por no hablar de los creyentes "cultos") la excepcional estatura intelectual de Benedicto XVI se ha convertido en un acrisolado dogma de fe. Su reciente visita oficial a Francia ha provocado rendidos ejercicios de admiración. El ex director de Le Monde, Jean-Marie Colombani, en su artículo La inteligencia política del Papa (EL PAÍS, 16-IX-08) no sólo elogia su habilidad diplomática -que después de todo responde a una larga tradición vaticana- sino que le proclama "un intelectual de altura que disertó sobre la diferencia entre la teología monástica y la teología escolástica ante un auditorio de personalidades del mundo intelectual y cultural reunidas en París, muchas de las cuales fueron incapaces de seguirle". Hombre, francamente, dado que estamos, si no me equivoco, en el siglo XXI, cierta incapacidad para seguir con interés y aplicación disquisiciones como la mencionada puede no demostrar inferioridad especulativa sino salud mental. Por lo demás el resto de las afirmaciones papales en su jornada galicana, sosteniendo que "la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura" y que "una cultura meramente positivista (...) sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves" no pasan de ser proclamas obligadas y conocidas de su oficio, aliñadas de vez en cuando sin duda con cierta pedantería parroquial. De igual modo, y a mi entender, con mejor fundamento otros pueden afirmar que la renuncia al soborno celestial es el comienzo del verdadero pensamiento moderno y que los humanistas recibieron su nombre precisamente cuando dejaron de ocuparse de la teología. Por no hablar de posteriores afirmaciones papales como las hechas en el sínodo de obispos sobre que las "naciones antes ricas en fe van perdiendo su identidad por culpa de la influencia nociva y destructiva de la cultura moderna", o, respondiendo a la crisis económica, que "el dinero aparece y desaparece, pero Dios permanece" (supongo que por eso se muestra remiso a aparecer). Sin quitarle méritos a Benedicto XVI, en mi escala intelectual lo tengo decididamente más abajo que a Nietzsche, Freud, Bertrand Russell o Sartre, que mantenían sobre casi todo criterios diferentes a los suyos.

Sin embargo, para los laicos -creyentes o "increyentes", tanto da- el verdadero problema no es el papa Ratzinger, que dice y hace aquello para lo que fue elegido, sino el presidente Sarkozy. Hace tiempo leí a un historiador que, hablando de los primeros cristianos, decía: "Esperaban la llegada inminente del Mesías y llegó la Iglesia". Parafraseándole podríamos ahora afirmar que los partidarios del laicismo esperábamos desde mediados del pasado siglo la llegada de la auténtica libertad de conciencia institucional y lo que parece venir es la laicidad positiva. Aunque ese centauro ideológico no sea un invento del presidente francés, el bullicioso mandatario parece haberlo tomado en adopción. "Prescindir de las religiones es una locura, un ataque contra la cultura", dijo ante el Papa, que asentía con la cabeza (y quizá sonreía para sus adentros, aunque menos que Carla Bruni). Pero... ¿qué es la "laicidad positiva"? Pues aquella fórmula institucional que respeta la libertad de creer o no creer (en dogmas religiosos, claro) porque ya no hay más remedio, pero considera que las creencias religiosas no sólo no son dañinas sino beneficiosas social y sobre todo moralmente. "La búsqueda de espiritualidad no es un peligro para la democracia", asegura triunfal Sarkozy. ¡Claro que no! Pero ¿quién le ha dicho que la espiritualidad hay que buscarla prioritariamente en la fe o la religión? Más aún: ¿quién le ha ocultado que la crítica de los dogmas y la denuncia de las iglesias proviene de quienes buscaron -y buscan- realmente una espiritualidad que no se pare en barras... ni en reclinatorios?

Entre otros se lo recuerda Jean Baubérot, que es profesor emérito de historia y sociología de la laicidad en la Escuela Práctica de Altos Estudios (no, no es ateo sino protestante), en un libro interesante y divertido: La laicidad explicada al Sr. Sarkozy... y a quienes le escriben los discursos (ed. Albin Michel). Para Baubérot, la llamada "laicidad positiva" no es sino una forma de neoclericalismo, confesional pero no confeso. Y eso porque un Estado realmente laico no sólo no puede dejarse contaminar por ninguna religión, ni privilegiar ninguna de las existentes sobre las demás, sino que tampoco puede declarar preferible tener una religión a no tenerla. El lema que hoy trata de imponerse es: "crea en lo que quiera, pero tenga religión; siempre es mejor tener una religión que carecer de ella; a quien tiene religión no le sobra nada, mientras que a quien no tiene siempre le falta algo". La tentación viene de antaño y ya fue entonces denunciada. A mediados del siglo XIX, el gran erudito y pensador liberal Wilhelm von Humboldt prevenía contra cualquier posición activa del Estado en materia religiosa, aunque no fuera más que apoyando los sentimientos religiosos en general: "siempre entraña hasta cierto punto la dirección y el encadenamiento de la libertad individual". Tomo la cita de la imprescindible obra Difícil tolerancia (ed. Escolar y Mayo), de Yves-Charles Zarka, quien glosa así el pensamiento de Humboldt: "Toda acción del Estado en materia de religión, ya consista en dar protección a una religión determinada o a partidos religiosos o incluso a los sentimientos religiosos en general, transforma el Estado en una instancia más o menos opresiva. Evidentemente, la opresión es mayor en el caso de una religión determinada; pero incluso cuando pretende favorecer el sentimiento religioso en general, el Estado se interesa de hecho por una opinión determinada y se propone como meta asegurar la primacía de la creencia en Dios contra la incredulidad o el ateísmo".

La laicidad (que en buen castellano se llama laicismo) no necesita apellidos que la desvirtúen: "laicidad positiva" pertenece a la misma escuela que "sindicatos verticales" o "democracia orgánica". Pero su funcionamiento es siempre efectivamente negativo, porque rechaza cualquier injerencia de lo público en las creencias inverificables de cada cual... y de las creencias en las funciones públicas. Funciona en ambos sentidos: por ejemplo, el titular de EL PAÍS calificando al juez Dívar de "muy religioso" nos hizo respingar a bastantes por su clericalismo, aunque fuera del convento de enfrente. Pero algo más que respingos tuvimos que dar al ver al cardenal Rouco en la inauguración del año judicial o saber que sigue habiendo en el Ejército generales que son a la vez obispos... Lo único positivamente claro sobre la laicidad de nuestra democracia es su insuficiencia.

Fernando Savater

» Artículo publicado en El País

octubre 05, 2008

Más naciones

Un titular de ABC me llama la atención: "La Nación filmada". ¿Las naciones se filman, como se fotografiaban los ectoplasmas en aquellas sesiones de espiritismo científico en las que tenían tanta fe inteligencias de primera clase como W. B. Yeats o Arthur Conan Doyle? Yo imaginaba que las naciones, como los fantasmas, eran entidades inefables, dotadas de una existencia conjetural o metafórica, sólo indudable gracias a un acto de fe. Las naciones, ha observado el historiador José Álvarez Junco, tienen una naturaleza paradójica: por una parte, según sus adeptos, han persistido rocosamente idénticas a sí mismas desde tiempo inmemorial; por otra, han de ser construidas o forjadas mediante esfuerzos educativos colosales, que suelen incluir la exposición de las mentes más jóvenes a dosis alarmantes de historia embustera y mediocre literatura.


La nación se construye, se forja. La nación se filma. A lo que se refiere el titular de ABC es a una película de José Luis Garci a punto de estrenarse, Sangre de mayo, que al parecer se inspira en uno o dos Episodios de Galdós para fantasear sobre la sublevación del 2 de Mayo en Madrid, con gran lujo de extras vestidos de manolos y chisperos y de protervos soldados franceses montados a caballo, exhibiendo corazas y penachos, esgrimiendo sables ensangrentados, cayendo abatidos por las navajas y los garrotazos del pueblo noble y heroico, de la Nación con su mayúscula de fervor colectivo y existencia indudable. La cultura española, me dijo hace poco melancólicamente un alto cargo del ramo, se extiende entre el principio del Paseo del Prado y el final de Recoletos, desde el Reina Sofía hasta la Biblioteca Nacional. La nación española, reverdecida por esta sangre cinematográfica de Garci -las naciones, por algún motivo, se robustecen gracias a los derramamientos de sangre- comprende el territorio modesto de la Comunidad de Madrid, en el que este segundo centenario del 2 de Mayo ha despertado un curioso fervor de celebraciones patrióticas. Si todo el mundo tiene su nación, ¿por qué nosotros íbamos a ser menos? Y no una nación cualquiera, una nación tibia, basada en esos principios de concordia constitucional que no entusiasman a nadie, y que tienen la antipatía de un matrimonio arreglado: una nación como Dios manda, con un pueblo primigenio y bravío, con retumbar de cañonazos, con vivas y mueras en las gargantas roncas, una nación con testosterona.

Hace un siglo los gobiernos todavía encargaban pinturas de historia de extensión panorámica para celebrar las glorias de la patria. Ahora se ve que encargan películas. También grandes exposiciones y montajes de mucho aparato teatral, en los que nunca falta la tradicional provocación vanguardista aportada por La Fura del Baus. En ABC José Luis Garci le da las gracias a Esperanza Aguirre y a su opulento mecenazgo oficial, como el artista que besaba con reverencia la mano de su patrón aristocrático en el Antiguo Régimen. La parte más leída de la derecha española invoca a veces el universalismo ilustrado para llevar la contra a los nacionalistas de la periferia, pero en este centenario del 2 de Mayo se ha lanzado desatadamente, al menos en Madrid, a un nacionalismo que copia sin reparo el de sus adversarios y al mismo tiempo recupera los decorados más arcaicos de cartón piedra, los trajes de época más apolillados de la patriotería hispana. De pronto es como volver a las ilustraciones de las enciclopedias escolares, a las películas grandilocuentes de los años cuarenta, a Daoíz y Velarde, a Agustina de Aragón. Individuos con patillas largas y pañuelos a la cabeza llaman gabachos a los franceses y disparan trabucos. Las divisiones de clase se disuelven en el fiero entusiasmo unánime contra el invasor. ¿Quién va a negar la existencia de la nación española, si se alzó victoriosamente contra Napoleón, si hasta puede ser filmada?

Contra los delirios de la política y de la ideología el mejor antídoto es el trabajo de los historiadores. Espantado por el regreso de la épica del 2 de Mayo -la épica es siempre el envoltorio palabrero de la carnicería- voy a buscar refugio en el historiador Álvarez Junco, en un libro literalmente imprescindible, Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, que trata del modo en que hechos históricos y puras ficciones se mezclan para crear la leyenda de un pasado nacional que legitime los sueños o los desvaríos políticos del presente, que dé algo de solidez al terreno movedizo en el que suele asentarse cualquier tentativa de comunidad civil. A lo largo del siglo XIX, el 2 de mayo de 1808 dejó de ser un acontecimiento confuso y ambiguo, fácilmente desfigurado por el recuerdo, sometido al escrutinio de la historia, para convertirse en el día sagrado de la fundación nacional. Fundación de lo nuevo y también despertar de lo antiguo: el problema es que ese espejismo de unanimidad encubría explicaciones de los hechos opuestas entre sí, relatos que tenían en común poco más que los detalles escenográficos. Para los liberales, el pueblo sublevado era la encarnación de la soberanía nacional, y por tanto de las libertades constitucionales que habrían de barrer el Antiguo Régimen; para los reaccionarios, el pueblo era la noble masa oscurantista y católica alzada en rebeldía contra las ideas extranjeras y corruptoras de la Revolución Francesa; el pueblo, analfabeto y primigenio, desbordó a las élites ilustradas que se hicieron cómplices del invasor y preparó el terreno para el regreso triunfal del rey absoluto, don Fernando VII. Muchos años después, cuando la guerra casi había desaparecido de la memoria viva, en los tiempos de frágil esperanza liberal de la Revolución de 1868, Benito Pérez Galdós fijó la épica liberal y popular del 2 de Mayo, en la primera serie de los Episodios Nacionales.

Pero muy pronto, en la 'Segunda serie', la cándida ensoñación progresista de los primeros episodios se contamina de desaliento y oscuridad, como si de las litografías patrióticas en colores chillones Galdós hubiera pasado a las tinieblas siniestras de los Desastres de la guerra, donde Goya no dejó ni un resquicio para las mentiras de la épica. En la primera serie Gabriel Araceli empieza siendo un pícaro y llega a ser un héroe; en la segunda, su protagonista, Salvador Monsalud, tiene la pesadumbre de quien se encuentra atrapado por los espectros de un país fratricida. Lo que hay en Goya y en el Galdós desengañado es una forma de lucidez incompatible con los entusiasmos baratos del patriotismo y con la complacencia que debe de sentir quien se imagina miembro de una colectividad sagrada, limpia de culpa y de mancha, separada de los extranjeros y de los enemigos por una línea indudable. La Guerra de la Independencia, que según Álvarez Junco tardó mucho en llamarse así, fue sobre todo, como cualquier guerra, un vendaval de destrucción y de envilecimiento, de crueldad sin motivo y sacrificio de inocentes; también una guerra civil cuyas heridas, en lugar de curarse, se agravaron a lo largo del siglo, con una persistencia en la discordia y el desastre de la que nadie, ni el patriota más obtuso, puede estar orgulloso. Como Luis Cernuda en el destierro, la única patria en la que uno se siente acogido es el país ancho y generoso que inventó Galdós.

Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. José Álvarez Junco. Taurus. 304 páginas. 22,95 euros.

Antonio Muñoz Molina

» Artículo publicado en Babelia, el suplemento cultural de El País

septiembre 16, 2008

La ofrenda


Asistir a la ofrenda floral de la Diada viene a ser como presentarse en la lapidación de La vida de Brian llevando la palabra Jehová impresa en la camiseta. Al PP le arrean por puro reflejo pavloviano en cuanto suena la campanilla, con eso se cuenta. Pero, después de comprobar que también ERC y el Barça soportan sus propias ráfagas de insultos y pasan por botiflers, uno debe reconocer que ya no sabe cómo es el retrato-robot del catalán reglamentario. Y, sobre todo, el del puto español al que ojalá le exploten los cojones. Antes estaba más claro: puto español era cualquiera que se quedara fuera del espacio ocupado por el Tripartito, era cualquiera que no se dejara abducir por la doctrina del Régimen, un Boadella por ahí. Pero ahora resulta que en la categoría de puto español ya dejan entrar a cualquiera, hasta a Laporta y Puigcercós, cuando antes era una condecoración que tan sólo llevaban con soledad y donaire unos cuantos apestados sociales en los que podía reconocerse la inteligencia amotinada, el Off-Régimen, la disidencia sin vocación de serlo.


Lo más llamativo, sin embargo, es la imagen de Alicia Sánchez-Camacho cantando Els Segadors ante su pelotón de su fusilamiento retórico, dócil como el tío Tom en su cabaña, voluntaria para pasar por las horcas caudinas cuando podría haberlo evitado. ¿Es que niegan los avales de catalanidad y hasta los créditos en los bancos a quien no se pasa por la ofrenda floral? En las últimas horas, al PP le han insultado por cauce institucional, donde ha sido comparado con Bin Laden, y en la mismísima calle, con menos símiles y más adjetivos de trazo grueso. Aun así, se empeña en participar en los cotarros donde no le quiere nadie para dar pruebas de integración en la senda verdadera, probablemente porque aún debe hacerse perdonar toda una legislatura durmiendo de día en la cripta de la derecha gótica. Lo malo es que lo de Sánchez-Camacho vocalizando el golpe de hoz va más allá del síndrome de Estocolmo o el peaje por existir. Entra de lleno en los tres supuestos psicológicos por los que una mujer maltratada no se atreve a romper con su agresor. Porque se siente culpable de los golpes que recibe, lo cual es obvio, con tanto pedigrí españolista mal borrado que sin duda constituye una provocación. Por dependencia emocional, que anhela la correspondencia. Y por miedo a la soledad y a la obligación de valerse por sí misma, que en el caso de Alicia acaso se vuelva más profundo por el recuerdo del cordón sanitario, del pacto segregador del Tinell y del exilio interior padecido por los intelectuales y otros personajes públicos que sí se atrevieron a enfrentarse a su agresor fundando siglas como la de Ciutadans. Y que desde luego no acuden a la ofrenda floral porque no les compensa ofrecer el rostro al tartazo sólo para llevar en el parabrisas la pegatina de la ITV de la integración.

David Gistau

» Artículo publicado en El Mundo

septiembre 07, 2008

El tronco y las ramas

No resulta fácil explicar el Estado de las autonomías. En mis clases de la Universidad tuve que advertir a los alumnos que era una manera nueva de organización territorial del Estado, distinta de las hasta ahora ensayadas en los sistemas de descentralización de los poderes públicos. Luego, en el Tribunal Constitucional, intenté que la fórmula española no fuese considerada como una especie de federalismo. Pero en un sector de la doctrina (así como en ciertos ámbitos políticos) se afirma que el Estado Federal es nuestra meta, hacia la que ahora caminamos de modo imparable.


Se recuerda, con el fin quizás de suavizar el tránsito, que son varias las organizaciones denominadas federales. En los Estados Unidos de América, por ejemplo, el federalismo inicial se transformó en un federalismo dualista (1880-1940) y últimamente se habla allí de un federalismo cooperativo. ¿Cuál sería nuestro modelo? No pueden olvidar los defensores del Estado Federal para España que Presidentes norteamericanos tan distintos como Eisenhower, Kennedy o Johnson se vieron obligados a intervenir militarmente en diferentes Estados miembros (nuestras Comunidades Autónomas), poniendo bajo su mando a las «Guardias Nacionales» (policías autonómicas), en los momentos críticos de disturbios o de obstrucción a la aplicación de las leyes. Y este control del poder central sobre todo el territorio nacional fue ya consagrado en leyes de los siglos XVIII y XIX. El texto de la ley de 29 de julio de 1861 -valga como ejemplo- es claro y terminante: «Siempre que en razón de impedimentos o combinaciones ilegales... a juicio del Presidente se hiciese impracticable la aplicación de las leyes de los Estados Unidos por el cauce corriente de los procedimientos judiciales...» el Presidente «podrá convocar legítimamente a las milicias de cualquiera o de todos los Estados, y emplear aquellas fuerzas navales y terrestres de los Estados Unidos que considere necesarias para lograr la fiel ejecución de las leyes de los Estados Unidos». Y la ley de 20 de abril de 1871 aumenta todavía más los poderes del Presidente.

Tras el federalismo dualista, a partir de 1941 la jurisprudencia del Tribunal Supremo establece que las medidas económicas necesarias para hacer frente a las crisis no pueden acomodarse a las autonomías locales. Renace la opinión del juez Holmes, se abandona la interpretación dualista y la norma que regula las relaciones entre los Estados y la Unión es el artículo VI, sección 2, de la Constitución: «Las leyes de los Estados Unidos... serán la ley suprema del país».

O sea, que un Estado federal que funcione correctamente no admite ahora la insumisión de las autoridades de uno de sus componentes ni la inaplicación de las leyes de la Federación.

Mis reparos al Estado federal, en el horizonte español, se apoyan en el difícil encaje del mismo, por no decir cabida imposible, en la Constitución de 1978. Pero no adopto una postura de rechazo total. Tal vez con un federalismo auténtico quedarían fuera de la escena pública ciertas declaraciones y actitudes retadoras de políticos de las Comunidades Autónomas. Se ofrece en estos momentos un espectáculo que asombra a los observadores extranjeros, especialmente a los que viven en Estados federales.

La Constitución Española de 1978 establece que «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado» (art. 1.2). La autonomía de las Comunidades Autónomas no es soberanía. Así lo viene proclamando el Tribunal Constitucional. En nuestro ordenamiento jurídico-político, por tanto, se sitúa un poder fundamental, cuyo titular es el soberano pueblo español, donde tienen su origen los restantes poderes, que tienen la condición de poderes derivados.

El símil del árbol me ha servido para dar una idea clara de las competencias de las Comunidades Autónomas. Las atribuciones de éstas son como las ramas que brotan del tronco. La savia circula desde las raíces, pero a través del tronco. Si se corta una rama termina secándose.

El tronco de nuestra Constitución se forma con la prevalencia de las normas del Estado sobre las de las Comunidades Autónomas y con el carácter supletorio del derecho estatal, «en todo caso» (art. 149.3). Además, y en la línea de los Estados Federales mejor estructurados, con una larga tradición democrática, «si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general» (art. 155.1).

La Constitución Española de 1978 formalizó jurídicamente una realidad compleja. Fue el Estado de las Autonomías. Pero la Constitución no admite un combinado de partes cada una de ellas con poderes originarios. No es un sistema compuesto el que los españoles decidimos instaurar. Realidad compleja, pero no compuesta. Igual que el árbol que es el resultado de un tronco y varias ramas. La soberanía, el poder originario, reside en el pueblo español. Ninguna de las fracciones de este pueblo posee poderes soberanos. Los que oponen resistencia a la obediencia debida son los rebeldes. En los Estados Unidos de América -modelo para los federalistas- no se toleran.

La igualdad formal de los Estados miembros en el sistema federal no satisface a algunos de los que se lamentan de la presente situación española. Se sueña con un «federalismo asimétrico» sin tener en cuenta que una cosa es la igualdad formal, principio respetado en los Estados Federales, y otra cosa es la igualdad real, imposible de mantener en países de diversos desarrollos económicos, además de varias evoluciones demográficas y culturales.

Nuestro árbol, como cualquier otro, puede ser talado y almacenado. Una Constitución distinta puede aprobar un día el pueblo español. Pero que nadie se equivoque invocando los sistemas federales por ahí vigentes.

Si centramos la atención en Europa, la suerte de los Estados federales es parecida a la de sus homónimos del otro lado del Atlántico. Nadie pone en duda el carácter simbólico de la Confederación helvética, tanto por su antigüedad como por la solidez de la unión. Sin embargo, esta Confederación no ha quedado al margen del movimiento que impulsa a todos los Estados federales hacia el reforzamiento del poder central.
Los analistas del régimen suizo apuntan a tres factores que han consolidado el centralismo en los últimos tiempos: las crisis económicas, la evolución de las ideas relativas a las funciones económicas y sociales del Estado, y, con gran impacto, las guerras mundiales de 1914 y 1939.

En Alemania, y a pesar del rótulo «República federal», el recuerdo del régimen de Weimar condicionó mucho a los constituyentes de 1949 para establecer disposiciones protectoras del poder central.

No es el federalismo, en suma, lo que daría a las ramas del árbol una vida con más autonomía. El respeto a las autoridades e instituciones centrales arraiga y se consolida por doquier. Es el signo del siglo XXI. España no ha de ser diferente.

Manuel Jiménez de Parga

» Artículo publicado en ABC

septiembre 06, 2008

Desmemorias

La doctrina oficial es más o menos la siguiente: en España, hasta hace muy poco, no se pudo escribir y casi ni hablar de la Guerra Civil o de la posguerra desde el punto de vista de los vencidos. Primero fue la represión franquista; luego el así llamado "pacto de silencio" de la Transición, por culpa del cual, y en nombre de una dudosa concordia democrática, se suprimió la memoria de los perdedores. Por fin, sólo hace unos pocos años, algunos libros empezaron a romper el silencio, algunas películas, gracias al Gobierno de Zapatero. Se estrena Los girasoles ciegos y un oyente llama a la radio para expresar su alivio, su alegría: "Por fin se puede hablar sin miedo".


Es una doctrina confortable. Permite el sentimiento halagador de estar participando, sin mucho esfuerzo ni peligro, en la reparación de una larga injusticia, en el descubrimiento de lo escondido durante muchos años. También de estar al día: de recibir, de algún modo, la legitimidad de los derrotados, hasta de alzarse en rebeldía contra el fascismo o la dictadura, con la ventaja no desdeñable de que esa rebelión virtual sucede en el espacio clemente de una democracia. Los libros, las películas de moda ofrecen una memoria tan gustosa de saborear como un caramelo, con ese aire en el fondo tan acogedor que tiene el pasado en el cine de época: los automóviles, los peinados, los sombreros, los pupitres de madera, la lluvia, la nieve acogedoras; cuando no el heroísmo igualitario: chicos y chicas con uniformes impolutos de milicianos, haciendo una guerra que se parecería mucho a una fiesta o a un domingo de excursión si no fuera por esos malvados de bigotito fino y camisa azul o de sotana negra que lo estropean todo. Los buenos, los nuestros, son poéticos, inocentes, entrañables, soñadores, no sexistas. Los otros no sólo son opresores y canallas: también son feos, groseros, machistas, maníacos sexuales, maltratadores de animales. La moda la empezó probablemente Ken Loach en Tierra y libertad, donde ya se insinuaba algo que viene teniendo mucho éxito en las patrias periféricas gobernadas inmemorialmente por una mezcla curiosa de nacionalistas y ex socialistas o ex comunistas cuyo principal rasgo ideológico es volverse más nacionalistas todavía que sus socios: los malvados de esta nueva memoria oficial, aparte de opresores, canallas, feos, groseros, machistas, maníacos sexuales, son algo todavía peor, si cabe: son españoles. En estas patrias, unánimes por definición, la Guerra Civil no es posible, porque no puede haber conflicto interno en una comunidad idílica. La Guerra Civil, el franquismo, fueron en realidad una invasión española, en la que los autóctonos, por el hecho de serlo, estuvieron libres de toda complicidad, y además fueron y siguen siendo víctimas.

El resultado de esta sentimentalización y oficialización de la memoria es el olvido de aquello mismo que se pretendía recordar. Quien dice que sólo ahora se publican novelas o libros de historia que cuentan la verdad sobre la Guerra Civil y la dictadura debería decir más bien que él o ella no los ha leído, o que los desdeñó en su momento porque no estaban de moda, en aquellos atolondrados ochenta en los que la doctrina oficial del socialismo en el poder era la contraria: con lo modernos que ya éramos, qué falta hacía recordar cosas tristes y antiguas.

No hubo que esperar a la Transición y ni siquiera a la muerte de Franco para leer por primera vez una novela antifranquista sobre la Guerra Civil publicada en España: Las últimas banderas, de Ángel María de Lera, ganó hacia finales de los años sesenta el Premio Planeta. Probablemente no era gran literatura, pero yo me acuerdo de la emoción de leer el drama de los últimos días de la República en Madrid, la urgencia y el miedo, el sentimiento de derrumbe. Por aquellos años cayó en mis manos otro de esos libros que se quedan impresos vivamente en la imaginación adolescente y resultan igual de iluminadores cuando uno vuelve a leerlos mucho tiempo después: Tres días de julio, de Luis Romero, que tiene la inminencia trágica de lo que todavía casi no ha sucedido y ya es irreparable. Hablo de libros que estaban al alcance de cualquiera y que fueron decisivos en mi educación de ciudadano y de escritor, en mi descubrimiento temprano y todavía indeciso de los mundos literarios que yo querría indagar en mi propia ficción.

Pero no sólo libros: aún no había muerto Franco y la gente llenaba los cines para ver La prima Angélica, de Carlos Saura, que retrataba con sarcasmo y crudeza a los vencedores de la guerra y exploraba un tema que fue crucial para los que empezamos a escribir novelas en los primeros años ochenta: el vínculo entre el presente y el pasado, la necesidad de saltar sobre el paréntesis de plomo de la dictadura para vincularnos a una tradición literaria, política y vital que se había roto con la guerra.

Qué insulto, qué injusticia para Max Aub decir que sólo en los últimos años se ha escrito de verdad sobre los vencidos: en los primeros ochenta Alfaguara había publicado ya todos los volúmenes de El laberinto mágico, que sigue siendo el gran ciclo de novelas sobre la Guerra Civil y la diáspora. También por entonces se reeditaban los tres volúmenes de La forja de un rebelde, de Arturo Barea, el último de los cuales está el testimonio atroz, contado por un socialista intachable, de los crímenes sin justificación que se cometieron en Madrid entre el verano y el otoño de 1936. La misma angustia moral de Barea, ajena a todo sectarismo, atenta al desgarro de la experiencia humana concreta, está en Días de llamas, de Juan Iturralde, que es del final de los setenta, o en los relatos insuperables de Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga, que combinan la poesía y la ternura, la vaguedad espectral de la fábula con el severo testimonio del sufrimiento, el heroísmo y el despilfarro de las vidas humanas. En los primeros ochenta estrenó Fernando Fernán-Gómez Las bicicletas son para el verano y al principio nadie le hizo ningún caso. Aprendiendo de aquellos maestros, recordando lo que nuestros mayores nos habían contado, algunos de nosotros empezamos publicando ficciones alimentadas por la memoria de la Guerra Civil y la derrota de la República: yo no me olvido de la impresión que me hizo leer en 1985 Luna de lobos, de Julio Llamazares, donde está el coraje de la resistencia pero también la lenta degradación de quien se ve reducido por sus perseguidores a una cualidad casi de alimaña.

España es país muy propenso a las coacciones de la moda literaria o política, de modo que yo no voy a poner en duda el mérito de Los girasoles ciegos ni de ninguna de las ficciones sentimentales sobre la guerra y la posguerra que han tenido tanto éxito en los últimos años. Lo que sugiero, tan sólo como un ejercicio, es que se lean intercaladas con algunos de aquellos libros que no tuvieron el reconocimiento que merecían por el simple hecho de no haber sido escritos teniendo a favor los vientos caprichosos de la moda.

Antonio Muñoz Molina

» Artículo publicado en El País

septiembre 03, 2008

La tribu

No nos dejemos hundir por el abatimiento cuando Solbes anuncia que tendrá que recortar las transferencias a los ayuntamientos; no parece probable que esto empuje a los municipios a distinguir entre lo fundamental y lo accesorio. Seguiremos fieles a nuestro estilo: cachondos y derrochadores. Dentro de nuestras más empecinadas tradiciones está el poner por delante los gastos del jolgorio al de las bibliotecas públicas o el alumbrado. Sin movernos de casa, sólo leyendo el periódico, asistimos cada agosto a la alegre competencia fiestera entre un pueblo y el de al lado. Y a fin de no enturbiar esta felicidad colectiva, ya ni se escriben aquellos artículos sobre la brutalidad de algunas fiestas populares, gracias a Dios esa crítica se quedó perdida en un tiempo en que estas manifestaciones se tenían como el lógico desfogue de un pueblo atrasado. Cosas de una izquierda caduca. Con el auge de lo identitario, los excesos colectivos se fueron adornando antropológicamente con las palabras transgresión y cultura popular, y el intelectual quedó convertido en el primer divulgador de las esencias de su tierra.

Como resultado de esta incontenible autosatisfacción, los españoles nos pasamos la vida subvencionando actos culturales: borracheras agosteñas, petardos, torturas a vaquillas y a toros y 120.000 kilos de tomates. Las fotos que aparecen en la prensa extranjera de nuestro extraordinario país son elocuentes: unos mozos, con el torso al aire, queman los cuernos a una vaquilla que saliva sin cesar aterrorizada; unos mozos, enseñando pecho, restregándose unos contra otros en un apiñamiento claustrofóbico, celebran a saltos la lógica excitación que provoca el espanzurramiento de tomates. Y no estamos solos: Google, esa empresa humanitaria, celebra nuestra singularidad adornando su logotipo con tomates virtuales. ¡Viva la tribu!

Elvira Lindo

» Artículo publicado en El País

agosto 22, 2008

El castellano no debe enseñarse en Cataluña

Hace años que La Universitat Catalana d’Estiu se ha convertido en el espacio patrocinador de cualquier idea que vaya en contra de la cultura francesa y española y de todo aquello que promocione la eliminación oficial del castellano en Cataluña. En democracia puede ser hasta legal, pero antropológicamente a eso se le llama racismo cultural.

Suele ser ordinario entre sus modos de vender su nacionalismo cultural, político y lingüístico, recurrir a personajes internacionales para que repitan como loros sus tesis en los eventos que montan para ello. Pagan bien y agasajan mejor. Rigoberta Menchú o Mayor Zaragoza lo saben.


Este año, le ha tocado el turno al lingüista de padres alemanes nacido en Barcelona, pero criado y educado en Alemania y EEUU, Til Stegmann. Ha soltado la criatura que el castellano no debería enseñarse en Cataluña: "No sería necesario impartir clases en español en Cataluña. Lo más normal es que en el país se pueda vivir íntegramente en catalán, porque no es una lengua de segunda".

El lingüista alemán, es fundador de la Biblioteca Catalana de Frankfurt, es el primer traductor de la cultura catalana al alemán y tiene en su currículo el Premi Internacional Ramon Llull 2006, como no podía ser de otra manera.

Por lo que se ve, el lingüista es experto en política, por eso consideró que la Constitución española está equivocada en el capítulo de lenguas; para él, todos los idiomas españoles deberían ser considerados iguales, y ya puesto, ha criticado el "Manifiesto por la lengua común". La lección bien aprendida. Dejà vu.

En la Universidad Catalana de verano de Prada de Conflent (Francia), parte de lo que los nacionalistas llaman "països catalans", cada año se dan cita todos los lingüísticas y políticos catalanes más radicales. Siempre ha ocurrido que lo que allí se pide acaba imponiéndose años más tarde: lengua propia, inmersión, lengua institucional... Ahora sueltan la liebre de la eliminación del castellano en la escuela. Es lo que piensan aunque no sea lo que puedan hacer por ahora. Sigan atentos al presidente español de turno que quiera formar Gobierno y no pueda sin los votos de los nacionalistas.

A continuación los patrocinadores de la Universitad Catalana d’Estiu:
La UCE no seria possible sense el suport de les següents institucions:

Generalitat de Catalunya: Departament d’Agricultura, Alimentació i Acció Rural - Departament de Cultura (a través del Centre de Promoció de la Cultura Popular i Tradicional Catalana i la Institució de les Lletres Catalanes) - Departament d’Educació - Departament de la Presidència (a través de la Secretaria General i la Direcció General d'Afers Religiosos) - Departament de la Vicepresidència (a través de la Secretaria de Política Lingüística) - Departament d'Innovació, Universitats i Empresa - Departament de Salut - i Departament d'Economia i Finances.

Govern de les Illes Balears - Govern d’Andorra - Consell Regional del Llenguadoc-Rosselló Diputació de Barcelona - Diputació de Lleida - (Presidència i Institut d'Estudis Ilerdencs) - Diputació de Tarragona - Diputació de Girona Consell General dels Pirineus Orientals - Consell de Mallorca - Consell Insular d'Eivissa - Institut d'Estudis Ilerdencs - Ajuntament de Barcelona - Ajuntament de Mataró Vila de Prada - Institut Menorquí d'Estudis - Ajuntament de Sant Cugat del Vallès - Vila de Perpinyà - Caixa de Balears - Ajuntament de Cardedeu - Ajuntament de Sant Feliu de Llobregat - Ajuntament de Figueres - Ajuntament de Vic - Ajuntament de Vilaseca - Ajuntament de Tortosa - Ajuntament de l’Ametlla de Mar - Ajuntament de l’Ametlla del Vallès - Ajuntament de Reus, i la col·laboració de mitjans de comunicació: Catalunya Ràdio - TV3 MacInformàtica - Fundació Juvinter - Raco Català - Fundació puntCat.

Antonio Robles, diputado de C's en el Parlamento de Cataluña

» Artículo publicado en Libertad Digital

agosto 21, 2008

Aquel otro José Montilla

José Montilla hace un uso explícitamente accidentalista del poder. Las formas son siempre accesorias; el poder es el valor definitivo. Tuvo tiempo para aprenderlo al ir aterrizando desde la izquierda más radical hasta el aeropuerto europeísta y confederalizado del PSC-PSOE. La tesis fundacional del socialismo catalán en la transición era muy descarnada: el PSC ponía la cúpula bruñida y el PSOE la mayor cantidad de votos. Funcionó, incluso en Gerona. Políticamente, Montilla y los suyos -los llamados «capitanes»- sufrieron no pocas humillaciones por parte de las mentes preclaras del PSC, gente de mucha bibliografía y poco afán de acción. Gradualmente, como una termita implacable e inasequible a la incomodidad estratégica, Montilla fue marcando terreno con paciencia solo comparable a su tan parca expresividad. Actualmente preside la Generalitat, controla las diputaciones y los grandes ayuntamientos, la totalidad de medios de comunicación públicos y tiene la complicidad de no pocos medios privados. Desde luego, lo que decía sobre la sociedad catalana siendo alcalde de Cornellá de Llobregat no es exactamente lo que dice ahora. Si antes daba la impresión de conectar con algunas mutaciones sociales que el pujolismo institucionalizado ya no percibía, hoy permanece tan blindado ante los tropismos de la sociedad que parece considerar una minucia lo que ha significado el abstencionismo en el referéndum del «Estatut».


Para el PSOE, Montilla era uno de los suyos, el hombre que iba a solucionar el ovillo enmarañado por el maragallismo. Contribuyó a la ascensión del zapaterismo después de ser del jacobinismo borrellista . Zapatero aceptó a ciegas el nuevo «Estatut» del pacto del Tinell. Se le permitió a Montilla que liquidase a Maragall, puso en el podio a Carmen Chacón, dio su aval a una política lingüística que iba en contra de los intereses de sus electores más fieles por no hablar en términos de España entera. Montilla ha convertido el PSC-PSOE en una maquinaria de poder sin líquido de frenos: lo que no tiene es un horizonte salvo el poder por el poder. Ha fagocitado al PSC, cuyo único superviviente en activo es precisamente el consejero Castells, el hombre que agita los componentes de la tributación autonómica y amenaza con no votar los presupuestos del Estado, con esa ciclotimia que fue propia de Maragall y que comparten casi todos los intelectuales de la izquierda en Barcelona. Llegar, ocupar, permanecer: la finalidad poco importa. Montilla no es un frívolo pero no le hace ascos a la introducción subrepticia de la bilateralidad en el marco constitucional de España. Eso queda muy lejos de la noción socialista de solidaridad territorial.

¿Es ese el mismo Montilla que tanto criticaba la política lingüística del pujolismo y el esencialismo del nacionalismo catalán? El lío que ha organizado en el conjunto de España acaba de tener por primer entreacto la contrapartida cedida por Zapatero a ICV -un solo diputado eco-comunista- para no tener que afrontar en la Carrera de San Jerónimo el gravísimo asunto de la financiación autonómica. Algo caro ha salido evitarle a Zapatero una comparecencia parlamentaria. Habilidad costosísima por parte del presidente del Gobierno mientras en las filas más adultas de su partido se escuchan comentarios de grosor. El sistema de estabilizadores entre el PSOE y el socialismo catalán han sido anegados por una marea de difícil retrogresión. «Cataluña no puede tensionar las costuras del Estado», dice el socialista Pérez Touriño. Poder quizás no pueda, pero lo hace sin reparo alguno.

A la CiU de Artur Mas -ya trasquilada por Zapatero durante en barullo estatutario- no se le ocurre otra cosa que alinearse con el tripartito reivindicando la financiación autonómica y si hace falta el concierto económico, después de décadas de atribuirse un buen trozo de aquella tarta que llamábamos gobernabilidad. Un Pujol que siempre, desde el último gobierno de González, defendiera a Solbes ahora sale sumándose a la glorificación de Castells. El victimismo se ha reestructurado como cartel. Hay quien aliña de nuevo las viejas ensaladas de la «sociovergencia». La ciudadanía catalana está en las playas, con cierto desconcierto y con creciente pasividad. Quién sabe hasta qué punto la tirantez entre la Moncloa y la Generalitat tiene ciertos componentes de apaño teatral. Desde luego, el episodio es poco serio, como hubiese comentado hace unos años aquel otro Montilla.

Valentí Puig

» Artículo publicado en ABC

agosto 19, 2008

Letras y números

Diríase que la España del sentimiento que acompaña a los éxitos deportivos y la España de los políticos se mueven en ondas distintas. Hemos podido leer que un diario deportivo francés, jugando con el parecido de la palabra en francés, afirma que España se encuentra en estado/verano de gracia. Pero si uno atiende a las discusiones políticas, España, el Estado, se parece más a una entelequia que amenaza con perderse entre el nominalismo que afecta al lenguaje, y las cifras que solo cantan lo que se les hace cantar.

Algunos políticos han creído que no merece pelearse por el contenido de las palabras. Todo es discutible, y no sirve de nada diferenciar entre federalismo, confederación o federalizante. Han pensado que ya llegará el momento de los números, y estos reequilibrarán la pérdida de realismo del lenguaje con la fuerza de los hechos reflejada en los números.


Pero cuando llega el momento de los números, surgen las dudas sobre el método adecuado para llegar a ellos --véanse las balanzas fiscales--, y además los números por sí solos no pueden decidir nada. Dicen ahora los políticos. De forma que la cura de realismo que se esperaba de los hechos reflejados en números vuelve a caer presa del poder del nominalismo. Un poder que convierte al hombre, especialmente al político, en un pequeño dios, pues cree poder crear y recrear la realidad según le convenga, dando y negando significado a las palabras, usándolas a su gusto, según le conviene.

En un contexto nominalista se puede afirmar que se busca una reforma federal del Estado, tener voz propia en Europa y una relación bilateral con el Estado. Vaya por delante que alguna vez se tendrán que parar los políticos a definir el lenguaje y dotarlo de algo de coherencia, pues no pocas veces se reclama que toda comunidad autónoma es Estado para, a renglón seguido, afirmar que tal o cual autonomía plantea al Estado relaciones bilaterales, que en pureza no podrían significar otra cosa que relacionarse bilateralmente consigo mismo. Un análisis somero muestra a las claras que relacionarse bilateralmente con la Administración General del Estado, con el Gobierno central, es algo casi directamente opuesto a una definición federal del Estado, que implica la institucionalización del multilateralismo, dando representación institucional, por ejemplo por medio del Senado, al conjunto de actores territorializados, como son las autonomías.

Algo parecido sucede con la referencia a los números, sean estos balanzas fiscales o los referidos a la crisis. La crisis no afecta por igual a todos los territorios ni a todos los ciudadanos. Déficit fiscal lo tiene más de un ciudadano gracias a la gran conquista de la política fiscal progresista: la imposición progresiva. Esta conquista implica que algunos pagan mucho más de lo que reciben, mientras que otros reciben mucho más de lo que contribuyen. Y no hay otra forma moderna de entender la justicia. Por lo menos, la justicia entre las personas, entre los ciudadanos. Pero parece que cuando estos desaparecen en el magma del territorio --o del pueblo, o de la nación cultural-- la percepción de la justicia empieza a diluirse.

De la misma forma que es inadecuado hablar de la cesión de impuestos --¿quién es el propietario de ellos para desde esa propiedad cederlos a otros?--, porque los impuestos son de los ciudadanos en su conjunto y por lo tanto del Estado, y pertenecen por definición a todos los órganos que actúan en funciones estatales, por lo tanto también a las autonomías, de la misma forma es inadecuado hablar de que los territorios son propietarios en origen de los impuestos. pues los impuestos son producto de la actividad de los ciudadanos.

No ayuda para nada a clarificar la situación la referencia sin contexto alguno de los porcentajes que se pudieran dejar o poner en manos de las autonomías, ni la referencia a la responsabilidad fiscal, que solo se daría si una autonomía, si las autonomías fueran las responsables de la recaudación. El muchas veces citado ejemplo alemán establece, pero en la propia Constitución, que el Gobierno federal y los estados se repartirán al 50% el rendimiento de los impuestos básicos. El contexto: Alemania es un federalismo ejecutivo, de forma que los estados ejecutan las leyes federales y recaudan los impuestos. Ello significa que su 50% va destinado a la financiación, entre otras cosas, de todos los funcionarios dedicados a la ejecución de funciones de la federación --más del 50% del gasto--, mientras que la federación no necesita de su 50% más que, en todo caso, el 10% de lo que le corresponde al contar con muy pocos funcionarios en comparación con los estados. Y la responsabilidad fiscal no proviene de la gestión de la recaudación, sino de la aprobación en la representación multilateral del conjunto que es el Senado alemán de todas las normas que afectan a la recaudación de impuestos, de todas las leyes que materializan la política fiscal del Estado.

Es hora de dejar de jugar a pequeños dioses nominalistas y definir con algo más de claridad la estructura federal del Estado, de España, porque el sistema de parcheo ha podido ser adecuado hasta ahora, pero me temo que no será el más adecuado en el futuro.

Joseba Arregi, presidente de la asociación cultural Aldaketa (Cambio para Euskadi).

» Artículo publicado en El Periódico

agosto 18, 2008

El dinero de los partidos

Cuando Josep Pla, sabio y maestro en dos idiomas, llegó a Nueva York, en Navidad, y vio las luces y el brillo esplendorosos con que se engalanaba la ciudad, antes de gozar con el espectáculo hizo gala de su profunda desconfianza ampurdanesa y preguntó con gran cautela: «¿Quién paga todo esto?». La permanente confusión que vivimos en España entre lo privado y lo público y, dentro de lo público, entre lo nacional, lo autonómico y lo local nos empuja con frecuencia a pensar que muchos de los servicios que utilizamos son gratuitos; pero conviene tener claro que, por lo general, somos nosotros quienes lo pagamos todo. Incluso lo que no nos gusta.


Entre los muchos epígrafes que se financian con nuestras forzosas aportaciones fiscales están, ¡no faltaba más!, los partidos políticos que, mucho, poco o nada, nos representan en el Congreso de los Diputados, el Senado, los Parlamentos autonómicos, las Diputaciones y los Ayuntamientos. Es algo de difícil justificación teórica y, en puridad democrática, cada partido debiera vivir de las cuotas de sus militantes y de las donaciones, claras y transparentes, de sus simpatizantes. No es así. El Presupuesto también carga con ese capítulo y nos obliga, en nuestra condición ciudadana, a que nuestro dinero satisfaga gastos de partidos que, si son respetables, no entran en nuestros códigos personales de elección política, valoración intelectual o deseo representativo.

El Tribunal de Cuentas es el órgano constitucional que, siempre con retraso y nunca con estruendo, nos informa del uso, y eventualmente del abuso, con que los distintos poderes gastan nuestro dinero. Por él sabemos ahora que, en 2.005, el PSOE tenía créditos pendientes con distintas instituciones financieras por un valor de 62,3 millones de euros y el PP, menos gastoso o más acaudalado, solo por 16,3 millones. Determinar si eso es «mucho» o es «poco» parece demasiado subjetivo; pero resultaría esclarecedor saber con qué tipo de avales y garantías operan los partidos políticos con los Bancos y las Cajas. Especialmente con estas últimas, sometidas al control político regional y, por ello, sospechosas permanentes de parcialidad y tolerancias especializadas.

Los partidos, y no solo los grandes, han pasado a ser un medio de vida para muchos de sus dirigentes y todos los integrantes de sus respectivos aparatos. Eso, que seguramente es irremediable en un mundo como el presente, desvirtúa la imagen de pureza que debiera poder atribuírseles y condiciona el funcionamiento interno de cada formación. Si, además, lo paga el Estado con el dinero de los ciudadanos y los excesos presupuestarios se cubren con créditos presumiblemente «blandos» y convertibles en «donaciones», tendremos a la vista una corruptela que sirve para ayudarnos a entender las razones por las que lo que debiera ser una democracia representativa y parlamentaria tienda a degenerar en una partitocracia casi caciquil.

M. Martín Ferrand

» Artículo publicado en ABC

agosto 13, 2008

Tirones y desgarros

No oigo a los militantes (o incluso algún simpatizante, si queda, del Partido Popular) desgarrarse al grito de “¡España se rompe!” Ocasión única en pleno verano de ganar las portadas de los periódicos, que bien se sabe se venden al por mayor y al por desgarro. Las noticias son en verdad alarmantes, y justificarían cualquier pasión. Alicia Sánchez Camacho, la portavoz catalana del partido, se ha solidarizado con el consejero Castells (famoso por su dique: “Hay que poner límites a la solidaridad”) y ha declarado que Cataluña necesita más dinero. En Valencia, el presidente Camps ha apoyado la propuesta. Y no sólo eso. Ha dicho que Valencia necesita más dinero. Se esperan nuevos tirones en los próximos días. ¿Quién dijo que el Partido Popular no tenía una política de financiación autonómica? ¡Esta es la política! La política del Partido Popular y la política del Partido Socialista: tonto el último. Sea el diagnóstico por renta, por población, por insularidad, por deuda histórica o por número de bellotas, tonto el último.


Sin embargo, aún hay diferencias. El Partido Socialista, en un admirable ejercicio de honradez, hace tiempo que ha abandonado el doble lenguaje, lo que siendo raro en un socialdemócrata no puede dejar de subrayarse. En todas y cada una de sus actitudes ya se muestra como un partido cabalmente nacionalista. Sus caciques discuten acerva y abiertamente en los periódicos, y en el entusiásticamente llamado Comité Federal, y saben que la única razón de seguir haciéndolo, juntos y en el mismo ámbito, no es ideológica ni moral, ni sentimental, por supuesto, sino lógicamente vinculada con el comercio. De vez en cuando surge de sus filas alguna reconvención espiritual, que suele darla desde algún lugar enfangado, donde el nacionalismo es un lujo, la enjuta hermana Mtfdlvg. Pero es apenas una melancolía. Caso muy distinto es el del Partido Popular, cuya renovación avanza, pero lenta. Porque si bien es cierto que su comportamiento concreto y detallado (véanse los estatutos de Andalucía y Valencia, y su actitud ante las renovadas políticas lingüísticas de Baleares y Galicia) es ya el de un partido plenamente integrado en la premodernidad nacionalista, aún conserva algunos resabios hipocritones como el de la adhesión institucional y urgente al Manifiesto de la Lengua Común (adhesión, desde luego, que nunca pasó de institucional y urgente) o las esporádicas alarmas (cada vez más esporádicas) sobre la centrifugación de las que antaño fueron preocupaciones españolas.

Es hora pues de que el Partido Popular culmine su renovación. España necesita partidos nacionalistas fuertes.

(Coda: “El nacionalismo es la ley de los pueblos modernos”. Maurice Barrès, citado en La patria lejana, de Juan Pablo Fusi.)

Arcadi Espada

» Artículo publicado en El Mundo y en el blog del autor.

agosto 09, 2008

¡La Liga Norte son ustedes!

Después de leer la lista, tan generosa como divertida, de los informes encargados por las diversas consejerías de la Generalitat a las lumbreras autóctonas - ¡cuánto talento, qué cantidad de masa encefálica estaba escondida esperando su oportunidad! ¡La chufa y el murciélago y los juguetes no sexistas! ¡Y lo del mercado discográfico latinoamericano y China, que nos estaban esperando, ay, a nosotros, los chicos más listos de la Península!-, sólo echo a faltar uno que podría haber solicitado la propia Presidència. Sería la respuesta a una pregunta, breve y rotunda: ¿Por qué lo estamos haciendo todo tan rematadamente mal?


Habría que empezar pues explicando las razones, o las casualidades, o las inclinaciones, o vaya usted a saber qué, que consienten que una sociedad equilibrada esté gobernada por una pandilla de desequilibrados, en muchos casos con el añadido de incompetentes. Y lamento la rotundidad del juicio. ¿Qué más quisiera yo que no tener que usarlo? También a mí me gustaría de vez en cuando escribir artículos en el estilo barcelonés, que precisando más llamaría estilo Sarrià-Sant Gervasi.

Debería incluirse en los manuales periodísticos para las nuevas generaciones un apartado donde se precise la aportación literaria del estilo barcelonés Sarrià-Sant Gervasi. No se refiere de manera obligada a gente que viva en esa zona, tan coqueta y mimada, de Barcelona, sino que afecta a los columnistas más variopintos nacidos en cualquier lugar de nuestro mundo, que como es sabido alcanza hasta Fraga por el oeste (me refiero a la localidad no al personaje, no sean malpensados) y al Delta, por el sur (esas gentes de Amposta y otros andurriales que aún no salen de su asombro tras haber descubierto que la vida de un político se divide en dos, cuando hace oposición y cuando le nombran alto cargo).

Lo afirmo sin acritud, a mí me habría gustado saber escribir en el estilo Sarrià-Sant Gervasi, porque ante la irritante pregunta ya hubiera puesto un pero; no un però catalán, que en castellano podría limitarse a un sin embargo,sino un pero mesetario, cuestionando la rotundidad de la pregunta. No es verdad que todo lo estén haciendo rematadamente mal, sólo algunas cosas, precisamente esas en las que se ensañan los medios de comunicación, como hubiera escrito el eminente profesor y bien pagado redactor de informes, señor Vallès, de izquierdas de toda la vida, pero independiente (género este muy especial y muy vinculado a las peculiaridades de lo que podríamos llamar espíritu literario Sarrià-Sant Gervasi,inasequible a las entendederas de la gente de fora).

Me hubiera gustado pues empezar mi artículo de esta guisa: “Yo creo que no vamos bien…” o “Aquiles, el de los pies alados, nació en Catalunya, como Colón…”. Y luego seguir diciendo que somos gente compleja y que en ocasiones confundimos nuestra inmarcesible capacidad para el entusiasmo con las realidades confusas de la cotidianidad a que nos obliga el Estado, ese ente lejano y ajeno… (podría seguir pero no quiero decepcionarles, me da un flato). Y también apuntar, apenas un leve guiño, a los griegos y los romanos, cuyo espíritu mediterráneo está en las entrañas de nuestra idiosincrasia y que nos hace tan diferentes a todos los demás. Basta decir ginesta para percibir el ritmo de un palabra, popular y poética. Si usted dice retama, está hablando de pastores y rebaños. Pues lo mismo ocurre en la vida y en la política. Nosotros vamos con buena intención y erre que erre nos enfrentamos a un mundo, arisco y zafio, que no nos entiende.

El arte de gratificar los oídos del personal cualificado se ha convertido en Catalunya en una profesión fecunda, al menos en el terreno de las compensaciones. Llevo tiempo repitiendo dos cosas respecto a este país. Primera, que siempre se distinguió por la prensa más audaz y crítica de España, en tiempos mucho más difíciles que estos. Y segunda, que el famoso oasis pujoliano nos ha familiarizado con los camellos, y seguimos así, aunque ahora sin la razón de ser de todo oasis que no es otra que el agua. Los más viejos del lugar nos acordamos de aquella pertinaz sequía del franquismo y no sabemos si reír o llorar, pero hacemos algo que entonces ni siquiera pensábamos que era posible: justificar la mezcla de incompetencia y corrupción del poder. Que los barcos tengan que proveer el agua de boca - cuando la gente sabía hablar en castellano la llamaban potable, del latín potare es un hecho que como mínimo hubiera echado a la calle a la ciudadanía en su conjunto, a ese catalán emprenyat,tan capitidisminuido últimamente. Tantos informes, tantos talentos, tantos funcionarios, tantos expertos y no hay ni un solo responsable que se vaya a la puta calle. Ese Francesc Baltasar al que conocí cuando era plumilla, como yo, en el semanario Arreu,allá en la prehistoria de la transición, ¿no tendrá un rasgo de honor, ¡uno solo!, que le evite ser la representación genuina del trepa incompetente, amarrado al cargo después de haber hecho y dicho tantas cosas? Una pizca de dignidad. ¿Es tanto pedir?

Y si no se va, ¿por qué no le echan? Porque el que debería no puede. Muchos más méritos para que le pusieran en la calle los hace día tras día nuestro vicepresidente, inefable Carod-Rovira, representante oficioso de Payasos sin Fronteras con cargo al erario público. ¿No hay nadie que ose reproducir sus intervenciones recientes en Portugal? Tratándose de un representante oficial de Catalunya, si alguien en el país vecino se hubiera tomado en serio a la Generalitat, estaríamos ante un conflicto diplomático. Pero Montilla no le puede echar porque le debe el cargo y habría que convocar elecciones. El tripartito es una combinación que nació pensada para ser una alternativa al poder del centroderecha convergente y que se ha convertido en un instrumento para dar empleo a la izquierda. No nos engañemos en lo de la diferencia; Esquerra Republicana está haciendo en Catalunya lo mismo que Zaplana propuso en el PP tras su primera victoria electoral: nos vamos a forrar. Y en eso están.

El sistema político catalán está bloqueado. Agotada por incompetencia y corrupción la política de la izquierda, convertido el president Montilla en un cabo del servicio de bomberos que ha de dar y pedir disculpas cada vez que sale a apagar un fuego, ¿alguien se imagina, desde la izquierda, quién podría votar a cualquiera de esos genios apalancados en sus respectivas poltronas? Se quebró la esperanza, porque no hay alternativa. Contemplar a Montilla haciendo de Bossi y planteando que los problemas acuciantes de Catalunya se concentran en ese Estatut que aprobó una población minoritaria, casi ínfima, de la sociedad catalana. Y luego replicar, como en una abjuración, que nuestros dineros se van al sur, como si el sur no fuera él y no fuéramos todos. Eso es la Liga Norte. La política convertida en una reivindicación territorial y no ciudadana. ¿Hay algo más patético que asistir a los esfuerzos de Joan Saura por demostrar que es tan buen policía como buen nacionalista? ¿Qué están haciendo estos caballeros con el presupuesto? Ni un solo ciudadano de Catalunya negaría su apoyo a una financiación más amplia si de verdad se tratara de necesidades reales y no del casino político que el tripartito se ha montado.

¡Qué momento estelar el del president Montilla jaleado por sus adversarios para que se enfrente a Madrid! ¡Empuja, valiente, que te vas a ganar la categoría de molt honorable y nos olvidaremos por un rato de tu acento y tu pronunciación! La incompetencia de la izquierda oficial ha conseguido bloquear el sistema político catalán. No hay alternativa. Ocurrió con el Estatut. ¿Qué importa que a la inmensa mayoría le interese un comino, si para la clase política y sus asesores es la garantía de su egregia supervivencia? Luego van y se sorprenden del desprecio de la gente a su rastrera función. Ahora lo llaman desafección. Seguro que alguien cobró por el hallazgo.

Gregorio Morán

» Artículo publicado en La Vanguardia el día 24/05/2008.

julio 30, 2008

Vuelve a casa, vuelveee, por caridad

Cuando lo oí por la radio era muy temprano, me estaba afeitando, y creí haberme equivocado de emisora. Pensé que se trataba de un programa humorístico. Tardé en comprender que no era otra de esas burlas cansinas con las que llenan el tiempo muerto los medios de persuasión, sino que la frase era verdadera y había sido pronunciada por el jefe de los socialistas catalanes, por el más grande socialista de todo Cataluña, para entendernos. Más tarde volví a oírla y esa vez me fijé más en la segunda frase. De momento, sin embargo, estaba yo dándole vueltas a la primera.


La primera frase era "Te queremos mucho José Luis". Una frase cariñosa y seductora, una frase doméstica y con suave aroma a tía solterona. Ahora bien, dicha por el más grande socialista que han logrado producir los catalanes y dirigida al socialista absoluto, al presidente de todos los socialistas españoles, me pareció algo soberbio y augusto. Jamás, durante mi triste juventud izquierdista, había yo oído nada semejante en un camarada. Es más, frases similares eran tenidas por sentimentalismo pequeño burgués, algo más bien del Opus Dei o de los sindicalistas verticales. Ahora por fin el amor entraba en el discurso socialista. Aquel lugar severo, de una racionalidad rigurosa, desnudo de emociones y entregado al análisis de las condiciones objetivas, se ha humanizado. Los socialistas ya no son individuos que consideran la política como una ciencia, ahora son un grupo de parientes, de creyentes, de romeros, atados por relaciones amorosas. ¡Qué inmenso alivio!

Pero aún me quedaba lo mejor. La segunda frase era algo que yo no creí poder escuchar jamás en boca de un hombre de izquierdas: "¡Pero amamos más a Cataluña!" Debo confesar que rompí a llorar. Tantos años oyendo ese tipo de frases en boca de los caudillos españoles, africanos y latinoamericanos, ¡y ahora por fin la oía en boca de un socialista más o menos europeo! Ya nunca nadie podrá acusar a la izquierda de combatir más por la lucha de clases que por la nación. ¡La izquierda ya es como los de aquí de toda la vida!

Félix de Azúa

» Artículo publicado en El Periódico, recogido de El Boomeran(g)

junio 18, 2008

Bibana Aído no se 'moja': "No voy a responderle". "No voy a añadir más sobre eso". "No puedo hablar de reformas"

Desde su incorporación al Gobierno como ministra de Igualdad a Bibiana Aído le ha acompañado la polémica. Un "lapsus" linguístico la ha puesto en el ojo del huracán, pero ella parece haber salido escarmentada de sus primeras comparecencias y ahora mide muchísimo más sus palabras, hasta el punto de que una entrevista con la ministra más joven, como la que publica elpais.com, se convierte en un slalom de respuestas esquivas y sin apenas contenido.

En la información aparecida hoy, Aído no ofrece facilidades al periodista, y con repuestas como "no voy a contestar" se sale por la tangente en muchos temas.


Para empezar, zanja el asunto de los "miembros y miembras" y la posibilidad de un debate sobre el sexismo en el lenguaje con un firme "no voy a añadir nada más sobre esta cuestión", y escudándose en que "la igualdad es algo muy serio". La ministra deja a continuación muy clara su postura acerca de cualquier controversia en cuanto sale a colación Alfonso Guerra y sus declaraciones. "Los comentarios que hizo..." aventura, pero pronto recula: "No voy a responderle".

Ante la cuestión de la reforma en la Ley de Violencia de Género, la titular del ministerio evita enumerar cambios concretos y alude que "no puedo hablar de reformas. Cualquier reforma debe hacerse desde el consenso". ¿Algo más preciso? La ministra se escurre: "Estamos en conversaciones. Todo aquello en lo que se está trabajando se está coordinando en los distintos niveles".

Ni siquiera en las innovaciones que ella misma ha prometido llevar a cabo, como el teléfono de ayuda al ciudadano, Aído aporta más que algunas dosis inciertas. "Ese teléfono para hombres les ayudará a resolver dudas que hemos detectado. (...) Sobre divorcio, paternidad. Hay que trabajar sobre una nueva masculinidad, aunque quizá esa terminología no guste, como no gustaba feminidad".

La conversación va poniendo sobre la mesa varios temas, pero Bibiana Aído no se 'moja' en ninguno y agota su discurso sobre "apostar por la igualdad" o "diálogo social". ¿La custodia de los hijos por parte del padre después de un divorcio? "Nuestro trabajo es la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres", es la meditada contestación de la ministra. En otros temas como el aborto, y el escándalo de los procesos contra clínicas ilegales, más de lo mismo: "Vamos a garantizar la seguridad jurídica a las mujeres y a los profesionales que practican el aborto. Lo que ha pasado no se puede volver a repetir".

Es más, cuando se le exponen casos concretos, como el partido de ultraderecha Alternativa Española, que ha sentado en el banquillo a la clínica Isadora, Aído, una vez más, no tiene nada que decir: "Un partido de ultraderecha, qué voy a contestar. Nada".

» Artículo publicado en El Confidencial
» Ver la entrevista completa en El País

mayo 30, 2008

Mar de llengües, la hipocresía

Que una política totalitaria –dentro o fuera de un Estado democrático– impida que ciudadanos libres ejerzan sus derechos no es de extrañar, pues forma parte de su naturaleza; que una política totalitaria, para impedir que ciudadanos libres ejerzan sus derechos, utilice la mentira, la manipulación o la exclusión forma parte de su naturaleza; pero que una política totalitaria, además de excluir o imponer, trate de pasar por demócrata y utilice los derechos humanos para justificar su inculcación produce arcadas.

Pues bien, esa desagradable sensación es la que sacas inmediatamente después de ver la exposición La mar de llengües, parlar a la mediterrània que Linguamón, con el patrocinio del Gobierno de la Generalitat de Cataluña, lleva a cabo con impúdica impostura en Barcelona con motivo de la conmemoración del año internacional de las lenguas que se ha sacado de la manga el Gobierno de entendimiento con el independentismo de José Montilla.


Es un déjà vu. Emplear un arsenal de conceptos humanistas al servicio del despotismo. Es la mecánica del fascismo posmoderno: toda la eficacia del lobo camuflada tras la piel de cordero. Se habla de integración para imponer la asimilación, se habla de derechos lingüísticos para despojarnos de ellos, se habla de lengua propia para hacer impropias a las demás, se habla de derechos históricos para destruir los democráticos, se habla de bilingüismo para imponer el monolingüismo, se habla de cohesión social para excluir con impunidad.

Cada una de estas contradicciones queda retratada en la exposición La mar de llengües. Toda la hipocresía, toda la mala conciencia se trasforma en semántica buenista; todo el victimismo agresivo, todo el presupuesto de la Generalitat al servicio de un racismo lingüístico imposible ya de ocultar. Paredes, paneles, folletos. Grandes frases al servicio de la exclusión: "¿Quién puede decir que una lengua es mejor que otra?" Sin rubor, así, grafitando las paredes de la exposición. Parecería que son los primeros defensores del respeto a todas las lenguas. Los mismos que cada día nos recuerdan la inaceptable presencia del castellano en Cataluña, nos aleccionan con la igualdad de todas las lenguas. "Todas las comunidades lingüísticas son iguales en derechos" (Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, nos recuerdan). ¿Dónde dejan los derechos de los niños castellanohablantes cada vez que les impiden estudiar en su lengua materna y elegida, además de oficial y común de todos los españoles? ¿Cómo pueden tener la desvergüenza de robar los derechos de más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña, y a la vez, lavarse la conciencia con proclamas como esas con la perversa intención de proyectar sobre la lengua oficial de toda España intenciones excluyentes que sí practican ellos?

En el colmo de la impostura, las proclamas de Linguamón declara a Barcelona la capital del multilingüismo con informaciones como estas: "El proyecto nace en Cataluña, sociedad comprometida con la diversidad lingüística del mundo" (Parece ser que de tanto comprometerse con la diversidad lingüística del mundo, se ha olvidado de comprometerse con la diversidad lingüística de casa). Y continua: "Quiere proyectar internacionalmente modelos de gestión respetuosos con la diversidad lingüística". Más jeta, imposible.

Y para terminar: "En el Mediterráneo hay millones de niños que hacen clase en una lengua diferente de la del país... es el caso de la lengua occitana..." Mapas, despliegues de ideología nacionalista, ni un solo dato contrastado ni objetivo. Ellos hablan por los franceses, interpretan sus deseos y derechos como si fueran un país de desamparados. Pero tanto se preocupa el Gobierno de la Generalitat de que un niño francés de la zona donde históricamente nació el occitano reciba las clases en la "lengua del país" que pasa por alto que allí donde podría hacer cumplir ese derecho, es decir, en Cataluña, lo impide. Incluso pone sanciones económicas por rotular en castellano.

La exposición es una empalagosa cadena de secuencias aparentemente humanitario lingüísticas con destellos inconscientes de odio al castellano. Por ejemplo, rebajan los 350 ó 400 millones de hablantes de español en el mundo a 250. No me extraña que, para que le salgan esos números, hayan tenido que reducir los 45 millones de hablantes de español en España a tan sólo 31 millones. Suponemos que dan por sentado que en Cataluña, País Vasco y Galicia nadie habla español. Error que define sus políticas de exclusión.

Antonio Robles, Diputado de C's en el Parlamento de Cataluña

» Artículo publicado en Libertad Digital
» TriPartit 2.0: La mar de lenguas

mayo 23, 2008

Tribalidad o ciudadanía

A pesar de las distancias geográficas y culturales, los brutales linchamientos de inmigrantes surafricanos en Johanesburgo, los vandálicos asaltos a los asentamientos de gitanos rumanos en Nápoles y el cobarde asesinato perpetrado por los etarras en Legutiano guardan entre sí una perversa similitud motivacional: el mismo sentimiento de odio a todo lo que se percibe como distinto -cultural, política, o étnicamente- y la íntima convicción de que la esencia y la pervivencia de "su comunidad", la surafricana, la napolitana o la vasca, está en peligro por culpa de los "de fuera".


Cambian los escenarios, los protagonistas y las motivaciones aparentes, pero la mano miserable capaz de prender fuego a un ser humano, o accionar un coche bomba frente a una casa-cuartel, está movida en su raíz por ese mismo pánico irracional a perder los referentes identitarios.

Ahí está el mayor reto planetario para los gobernantes del siglo XXI: vencer la xenofobia, superar las tribus, formar ciudadanos.

IGNASI CASTELLS CUIXART

» Carta al Director publicada en El País