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octubre 05, 2008

Más naciones

Un titular de ABC me llama la atención: "La Nación filmada". ¿Las naciones se filman, como se fotografiaban los ectoplasmas en aquellas sesiones de espiritismo científico en las que tenían tanta fe inteligencias de primera clase como W. B. Yeats o Arthur Conan Doyle? Yo imaginaba que las naciones, como los fantasmas, eran entidades inefables, dotadas de una existencia conjetural o metafórica, sólo indudable gracias a un acto de fe. Las naciones, ha observado el historiador José Álvarez Junco, tienen una naturaleza paradójica: por una parte, según sus adeptos, han persistido rocosamente idénticas a sí mismas desde tiempo inmemorial; por otra, han de ser construidas o forjadas mediante esfuerzos educativos colosales, que suelen incluir la exposición de las mentes más jóvenes a dosis alarmantes de historia embustera y mediocre literatura.


La nación se construye, se forja. La nación se filma. A lo que se refiere el titular de ABC es a una película de José Luis Garci a punto de estrenarse, Sangre de mayo, que al parecer se inspira en uno o dos Episodios de Galdós para fantasear sobre la sublevación del 2 de Mayo en Madrid, con gran lujo de extras vestidos de manolos y chisperos y de protervos soldados franceses montados a caballo, exhibiendo corazas y penachos, esgrimiendo sables ensangrentados, cayendo abatidos por las navajas y los garrotazos del pueblo noble y heroico, de la Nación con su mayúscula de fervor colectivo y existencia indudable. La cultura española, me dijo hace poco melancólicamente un alto cargo del ramo, se extiende entre el principio del Paseo del Prado y el final de Recoletos, desde el Reina Sofía hasta la Biblioteca Nacional. La nación española, reverdecida por esta sangre cinematográfica de Garci -las naciones, por algún motivo, se robustecen gracias a los derramamientos de sangre- comprende el territorio modesto de la Comunidad de Madrid, en el que este segundo centenario del 2 de Mayo ha despertado un curioso fervor de celebraciones patrióticas. Si todo el mundo tiene su nación, ¿por qué nosotros íbamos a ser menos? Y no una nación cualquiera, una nación tibia, basada en esos principios de concordia constitucional que no entusiasman a nadie, y que tienen la antipatía de un matrimonio arreglado: una nación como Dios manda, con un pueblo primigenio y bravío, con retumbar de cañonazos, con vivas y mueras en las gargantas roncas, una nación con testosterona.

Hace un siglo los gobiernos todavía encargaban pinturas de historia de extensión panorámica para celebrar las glorias de la patria. Ahora se ve que encargan películas. También grandes exposiciones y montajes de mucho aparato teatral, en los que nunca falta la tradicional provocación vanguardista aportada por La Fura del Baus. En ABC José Luis Garci le da las gracias a Esperanza Aguirre y a su opulento mecenazgo oficial, como el artista que besaba con reverencia la mano de su patrón aristocrático en el Antiguo Régimen. La parte más leída de la derecha española invoca a veces el universalismo ilustrado para llevar la contra a los nacionalistas de la periferia, pero en este centenario del 2 de Mayo se ha lanzado desatadamente, al menos en Madrid, a un nacionalismo que copia sin reparo el de sus adversarios y al mismo tiempo recupera los decorados más arcaicos de cartón piedra, los trajes de época más apolillados de la patriotería hispana. De pronto es como volver a las ilustraciones de las enciclopedias escolares, a las películas grandilocuentes de los años cuarenta, a Daoíz y Velarde, a Agustina de Aragón. Individuos con patillas largas y pañuelos a la cabeza llaman gabachos a los franceses y disparan trabucos. Las divisiones de clase se disuelven en el fiero entusiasmo unánime contra el invasor. ¿Quién va a negar la existencia de la nación española, si se alzó victoriosamente contra Napoleón, si hasta puede ser filmada?

Contra los delirios de la política y de la ideología el mejor antídoto es el trabajo de los historiadores. Espantado por el regreso de la épica del 2 de Mayo -la épica es siempre el envoltorio palabrero de la carnicería- voy a buscar refugio en el historiador Álvarez Junco, en un libro literalmente imprescindible, Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, que trata del modo en que hechos históricos y puras ficciones se mezclan para crear la leyenda de un pasado nacional que legitime los sueños o los desvaríos políticos del presente, que dé algo de solidez al terreno movedizo en el que suele asentarse cualquier tentativa de comunidad civil. A lo largo del siglo XIX, el 2 de mayo de 1808 dejó de ser un acontecimiento confuso y ambiguo, fácilmente desfigurado por el recuerdo, sometido al escrutinio de la historia, para convertirse en el día sagrado de la fundación nacional. Fundación de lo nuevo y también despertar de lo antiguo: el problema es que ese espejismo de unanimidad encubría explicaciones de los hechos opuestas entre sí, relatos que tenían en común poco más que los detalles escenográficos. Para los liberales, el pueblo sublevado era la encarnación de la soberanía nacional, y por tanto de las libertades constitucionales que habrían de barrer el Antiguo Régimen; para los reaccionarios, el pueblo era la noble masa oscurantista y católica alzada en rebeldía contra las ideas extranjeras y corruptoras de la Revolución Francesa; el pueblo, analfabeto y primigenio, desbordó a las élites ilustradas que se hicieron cómplices del invasor y preparó el terreno para el regreso triunfal del rey absoluto, don Fernando VII. Muchos años después, cuando la guerra casi había desaparecido de la memoria viva, en los tiempos de frágil esperanza liberal de la Revolución de 1868, Benito Pérez Galdós fijó la épica liberal y popular del 2 de Mayo, en la primera serie de los Episodios Nacionales.

Pero muy pronto, en la 'Segunda serie', la cándida ensoñación progresista de los primeros episodios se contamina de desaliento y oscuridad, como si de las litografías patrióticas en colores chillones Galdós hubiera pasado a las tinieblas siniestras de los Desastres de la guerra, donde Goya no dejó ni un resquicio para las mentiras de la épica. En la primera serie Gabriel Araceli empieza siendo un pícaro y llega a ser un héroe; en la segunda, su protagonista, Salvador Monsalud, tiene la pesadumbre de quien se encuentra atrapado por los espectros de un país fratricida. Lo que hay en Goya y en el Galdós desengañado es una forma de lucidez incompatible con los entusiasmos baratos del patriotismo y con la complacencia que debe de sentir quien se imagina miembro de una colectividad sagrada, limpia de culpa y de mancha, separada de los extranjeros y de los enemigos por una línea indudable. La Guerra de la Independencia, que según Álvarez Junco tardó mucho en llamarse así, fue sobre todo, como cualquier guerra, un vendaval de destrucción y de envilecimiento, de crueldad sin motivo y sacrificio de inocentes; también una guerra civil cuyas heridas, en lugar de curarse, se agravaron a lo largo del siglo, con una persistencia en la discordia y el desastre de la que nadie, ni el patriota más obtuso, puede estar orgulloso. Como Luis Cernuda en el destierro, la única patria en la que uno se siente acogido es el país ancho y generoso que inventó Galdós.

Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. José Álvarez Junco. Taurus. 304 páginas. 22,95 euros.

Antonio Muñoz Molina

» Artículo publicado en Babelia, el suplemento cultural de El País

octubre 01, 2008

De Velintonia a Catalonia


A mediados de julio de 1952, el señor Carles Riba se desplaza a Madrid a fin de entrevistarse con Gabriel Arias Salgado, ministro de Información del Régimen. Apenas un mes antes -en el transcurso de un mítico Congreso celebrado en Segovia por iniciativa de Santos Torroella- los grandes nombres de la poesía catalana, con Riba a la cabeza, habían compartido mesa, mantel y versos con sus colegas de más acá del Ebro cosechando un exitazo que ni José Tomás dejándose hincar el cuerno. ¿Había llegado el tiempo -se preguntaban muchos- de abandonar las covachuelas resistentes y presentar batalla en campo abierto? La figura de Riba iba de boca en boca, de tertulia en tertulia, de un cortadito a uno con leche. Se convirtió en antídoto contra el lirismo autárquico, funcionarial y espeso; contra la estática imperial (estática, no estética) y el complejo de culpa que, sin venir a cuento, acogotaba al poblachón manchego. No es raro, pues, que estuviese «triomfant», no sólo satisfecho. «Els catalans es van fer els amos», escribe Joan Oliver a raíz de la excursión a la meseta. Y se hicieron los amos, en efecto, ya que era de justicia rendirse a su talento. De justicia poética.


Un súbito ataque de autoestima explicaría por qué Riba, el Maestro, se plantó, aquel verano, en la garita de Gabriel Arias Salgado, el Centinela -¡Alerta!- de la moral y la decencia (Arias Salgado era tan meapilas y se tomaba a sí mismo tan en serio que se jactaba del número de almas que, gracias a su labor como censor, se habían salvado del infierno). Confiando en la tímida apertura que apadrinaba Ruiz-Giménez, el autor de «Elegies de Bierville» creyó que era viable que el franquismo otorgase, de pronto, el «nihil obstat» a una revista en catalán por muy lírica que fuera. Naturalmente, todo quedó en agua de borrajas y no se remató el soneto. (Bueno, no todo: a falta de otra cosa, Riba conseguiría que su hijo pudiera presentar la tesis doctoral saltándose los plazos académicos. Menos da una piedra).

Pocos días después, José Luis Cano, responsable de «Ínsula» (la nave capitana de la literatura de posguerra) se personó en el chalet de Velintonia a fin de hablar con Aleixandre de la necesidad imperiosa de continuar tendiendo puentes a los autores periféricos. El poeta se mostró dispuesto a ello sin ocultar, empero, sus recelos hacia el catalanismo, sus objetivos últimos y su auténtica meta [cita extraída de un artículo del propio José Luis Cano]:

Los catalanes no se contentarán con que puedan publicar sus libros en catalán, lo que es enteramente justo, sino que en una nueva etapa, cuando llegue, si es que llega, la democracia, querrán que toda la enseñanza en Cataluña se dé en catalán, y el castellano quede completamente desplazado y se estudie sólo como un idioma más, como el francés. A esa desmembración lingüística me opondré siempre, como se opusieron Unamuno y Ortega en el Parlamento de la República.

Jordi Amat, en «Las voces del diálogo», un libro imprescindible si se pretende colocar los acontecimientos actuales dentro de su contexto, nos da cuenta cumplida de aquellas fechas y de aquellos hechos y todo lo anterior (excepto los errores, si acaso los hubiese) le pertenece por completo. Lo que aglutina a los personajes de su historia es que intentaron -lo mismo que Unamuno y Maragall en otra época- forjar un espacio en el que la confrontación se diluyera en el entendimiento. A Carles Riba le repugnaba Arias Salgado y, aún así, entróse en la caverna puesto que comprendió que la inacción y el victimismo desembocaban en una vía muerta. Vicente Aleixandre le vio el colmillo al lobo, la cola y las orejas, pero, aún así, empeñó su prestigio apoyando a la «llengua» frente a los desafueros.

Luego de medio siglo, el idioma de Riba, el de Manent, el del inmenso Foix («Sol, i de dol, y amb vetusta gonella...») ya no es un instrumento del espíritu, sino una herramienta que emplea sin recato -bien sea para aflojar la pela o bien para apretar las tuercas- una casta política voraz y analfabeta. Y, mientras los inquisidores medran y la estupidez campea, los creadores brillan por su ausencia. Al español se le ha expulsado de la escuela y el catalán carece de maestros. ¡Ay, don Vicente, y no quisieron creerle! De Velintonia a Catalonia. Este país es un poema.

Tomás Cuesta

» Artículo publicado en ABC

agosto 07, 2008

El hispanista John Elliot aprecia “un estrechamiento de miras” en la sociedad española por “ciertas obsesiones culturales y lingüísticas”

El hispanista John Elliot ha señalado hoy en Santander su preocupación ante el “estrechamiento de miras” de algunos sectores de la sociedad española que “rechazan en ocasiones su convivencia con otras partes de la Península Ibérica”. En su opinión, esta actitud responde a “ciertas obsesiones culturales y lingüísticas” que tachó de “contraproducentes”.

En este sentido se mostró defensor del “pluralismo” y apeló a la necesidad de pensar en una España “generosa” y “acogedora”. El historiador británico afirmó que España tiene la posibilidad de “enseñar grandes lecciones” a otros países de Europa “si no da muestras de regresar al pasado más ensombrecido” de este país.


Elliot hizo estas declaraciones en rueda de prensa, acompañado por los directores del seminario ‘España: la mirada de los hispanistas’, Mira Milosevich y José Varela, que organiza esta semana la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en el marco de los Cursos de Verano.

En su opinión, el periodo comprendido entre 1975 y 2000 será visto “desde un punto de vista retrospectivo” como “una época dorada” de la historia de España. Sin embargo, matizó que en los últimos años ha apreciado “ciertos cambios que me parecen preocupantes”, destacando “una nueva polarización de la sociedad” y “una cierta crispación”.

Subrayo su “optimismo” sobre el futuro de España y recordó su llegada a este país en 1950 como un “curioso impertinente” durante unas vacaciones con alumnos de la Universidad de Cambridge.

En esos años “cogí entusiasmo por este país” en un momento en el que “poca gente se interesaba por la historia de este país”. Así, descubrió la visión del Romanticismo sobre una España “salvaje, pintoresca y exótica”, una sociedad que parecía “arrinconada y atrasada en el tiempo”.

Elliot afirmó que la visión de un extranjero a la hora de ver otro país “tiene ciertas ventajas” porque “ves las cosas con más distancia”, aunque también supone que “hay cosas que nunca vas a entender bien”.

El historiador reiteró la “obsesión por el fracaso” de la sociedad española a pesar de la “aceleración muy notable” experimentada desde 1975 con la transición a la democracia y el comienzo de “una nueva etapa de prosperidad”. Esta sensación ha perdurado, en su opinión, hasta que los españoles han viajado fuera de sus fronteras, produciéndose “una nueva visión más amplia y más europea”.

Según Elliot, esta nueva percepción y la información completa de la nueva generación de españoles provoca que “pase por fin la época del hispanismo”. En este sentido matizó que “cuando un país está subdesarrollado respecto a otras sociedades los hispanistas pueden contribuir mucho a dar un nuevo impulso” y consideró que “ahora no hace falta este tipo de ayuda”.

» Nota de prensa de la UIMP

marzo 08, 2007

Una historia común para los estudiantes europeos


Una interesante aportación, del blog de Carlos Martínez Gorriarán, de fecha 06 de Marzo de 2007.

El gobierno alemán, aprovechando la presidencia de la Unión, está comprometido en un proyecto educativo realmente ambicioso: “Por primera vez este curso, alumnos de secundaria de Francia y de algunas regiones de Alemania estudian con un libro común la historia de Europa. Cada capítulo está escrito por dos historiadores, uno francés y otro alemán, que aportan sus respectivas visiones. Con este referente, la presidencia alemana aspira a ampliar esta iniciativa a toda la Unión Europea: un libro de historia común para los estudiantes de los 27 Estados miembros. El asunto en que trabaja Berlín desde que ocupa la presidencia de la Unión, a principios de año, se abordó de manera más específica en los debates informales del Consejo de Educación celebrado en Heidelberg”, informa en El País de ayer A. Missé.


No he encontrado la noticia en otros periódicos, lo que no me extraña demasiado en vista de la superabundante cosecha de dislates nacionales, que dejan poco espacio a otros asuntos. En este caso, el afán de El País por reducir la información dedicada a De Juana y al “proceso” ha tenido ese efecto benéfico. Una astucia de la razón, que diría Hegel.

La noticia debería cuando menos llamar la atención –si no es mucho pedir- en España, un país concienzudamente entregado desde hace lustros a deshacer cualquier narración histórica común entre sus “comunidades autónomas”, en beneficio de pintorescos relatos particularistas sobre Wifredo el Pilós, los indómitos vascones de Roncesvalles, la herencia celta de Galicia, las maravillas de Al-Andalus o la edénica vida de los guanches. Numerosos cantamañanas y remendadores de hechos diferenciales han conseguido vivir muy bien de los grandes presupuestos consagrados a esta labor de centrifugación del pasado en beneficio de un futuro imaginado esplendorosamente soberanista en las 17 realidades nacionales en gestación.

Entre tanto, alemanes y franceses se esfuerzan por redactar un relato compartido de una historia común caracterizada por los enfrentamientos más brutales de la historia. De la necesidad de impedir que se repitan Sedán, el Marne o Normandía, viene la necesidad de que los escolares franceses y alemanes, y pronto todos los europeos, tengan una visión de esos enfrentamientos –desde las invasiones napoleónicas a la II Guerra Mundial, por lo menos- que muestren la guerra como algo pasado, y lo que es igualmente importante, a interpretar esos hechos de manera distinta a como propone el nacionalismo, empeñado en abrir trincheras y cultivar el odio y la revancha. Le nationalisme c’est la guerre, dijo Mitterrand sabiendo muy bien de qué hablaba.

Europa se creó, precisamente, para impedir que las disputas intereuropeas degeneraran en otro enfrentamiento bélico. Es infinitamente mejor pelearse por las normas comunitarias, y a golpe de tratado y burocracia, que por Alsacia y Lorena a cañonazos. En este sentido, y en muchos otros, el experimento llamado Unión Europea es un éxito absolutamente admirable y sencillamente genial. Porque sólo cabe calificar de genialidad la idea, sin precedentes (en el Tratado de Versalles que cerró la I Guerra Mundial se hizo exactamente lo contrario: alimentar la revancha nacionalista), de que Estados que acababan de salir de una enorme conflagración bélica a muerte (Alemania, Bélgica, Francia, Holanda, Italia y Luxemburgo), con decenas de millones de víctimas y daños incalculables, aparcaran sus diferencias para empeñarse en la construcción de una entidad a medio camino entre el club comercial y la protofederación. Que el invento esté ahora lamentablemente estancado por el fracaso constituyente no es óbice para recordarlo.

Una pequeña anécdota revelará por qué los europeos buscan para sus escuelas una historia común que permita avanzar en integración y comprensión mutua, en vez de profundizar las diferencias e inventar nuevos agravios. La fuente es de primera: me la contó el excomisario europeo de Justicia e Interior, Antonio Vitorino (con quien Basta Ya compartió el premio Manuel Broseta de 2003; se conoce gente interesante en estos eventos).

La anécdota es como sigue: Vitorino recibió un día a una comitiva de políticos vascos esencialmente –cómo no- nacionalista. Le hicieron una larga exposición del “conflicto vasco”, y acabaron la perorata afirmando que la solución estaba en que las instituciones vascas consiguieran más y más soberanía. Vitorino escuchó pacientemente, y les dijo: “Muy interesante, pero verán, los Estados vienen a Europa a ceder soberanía para resolver sus problemas, no a pedir más”. Y les despidió amablemente.

Esta es, en el fondo, la razón que explica por qué alemanes y franceses se esfuerzan en escribir un texto de historia común, algo sin duda difícil y complejo, mientras que los representantes de catalanes, vascos, andaluces, gallegos y compañía se empeñan en arrancar páginas y capítulos enteros de su libro de historia común, añadiendo otros cuando menos puramente imaginarios a sus manuales de andar por casa. ¿La diferencia?: incluso políticos conservadores como Chirac y Angela Merkel comprenden la importancia de compartir la soberanía y de educar en esta necesidad, mientras los nuestros se empeñan exactamente en lo contrario. ¡Y se denominan progresistas! Incluso el PNV se dice “de izquierda”. Y por el otro lado, ese odio irracional a la “educación en la ciudadanía”...

Carlos Martínez Gorriarán.

Fuente: http://www.bastaya.org

enero 25, 2007

La Nación FALSIFICADA


A los vascos y catalanes, y con ellos a todos los españoles, les han robado su historia. La intención de estas páginas es defender la innegable personalidad de vascos y catalanes frente a quienes la ocultan y menosprecian, mediante el recorrido por unos ...